Por: Juan Carlos Botero

La importancia del oro

Hoy se habla mucho del oro y su minería, pero no todos saben por qué este metal ha sido, a lo largo de la historia, el más codiciado por casi todos los pueblos del mundo.

La explicación es fascinante. Para empezar, el oro ha conservado su atractivo a pesar de las infamias que se han cometido en su nombre. Ha sido un símbolo de poder y riqueza, pues sus cualidades lo apartan de los demás metales. Es el que mejor soporta el paso del tiempo y la dureza de los elementos, incluyendo el agua corrosiva del mar; y como no es tóxico, se ha empleado desde hace milenios en medicina y dentistería. Peter Bernstein señala que la calza de oro hallada en una momia egipcia de hace 4.500 años, se podría fijar en una boca moderna sin problema. Y como es indestructible pero maleable, ningún otro metal combina la resistencia con la elasticidad como lo hace éste: un vaso de oro se puede martillar en una lámina tan fina que cubriría una cancha de fútbol. Bernstein agrega que es una sustancia densa (un pie cúbico de oro pesa media tonelada) y a la vez flexible: una sola onza se puede estirar en un alambre de 50 millas de largo. Además, casi todas las religiones han acudido a su brillo y duración para adorar a los dioses y sugerir el carácter eterno del espíritu humano. Pero también es el que más han usado imperios, Estados y banqueros para aludir a los bienes de este mundo. Como no se bruñe ni corroe, desde hace siglos ha servido como pieza monetaria. Y para ambas esferas de la existencia, tanto la celestial como la material, el oro ha sido un medio para infundir respeto, generar devoción, publicitar el poder, y representar un antiguo anhelo de la especie: la inmortalidad. Por eso ha decorado iglesias, revestido cetros de monarcas, cubierto de joyas a las reinas y medido la opulencia de las naciones. Iluminó los textos medievales y alegorizó el cielo de la pintura bizantina. Se ha usado para laurear la excelencia, premiar el heroísmo, condecorar a los mártires y poner fin a las guerras. Adornó muertos sepultados en selvas de Centro América y en las dunas del Sahara. El apetito por el oro ha sido insaciable, pero los depósitos mundiales han sido escasos, y esa paradoja ha desatado miles de batallas y saqueos. Francisco Pizarro obligó a los orfebres del imperio Inca a derretir sus piezas en barras uniformes para llevarlas a España. El exterminio de las culturas indígenas de América Latina se debió a la sed de oro, y grandes crímenes de la historia, como los primeros campos de concentración (creados por los ingleses para doblegar a los Boers en las guerras de independencia en Sudáfrica; los campos donde murieron más niños de hambre que adultos en batalla), se iniciaron por la ambición del oro. Por eso Virgilio lo llamó “una sed maldita”. Aunque esa avidez también produjo sus mayores reveses. A Pedro de Valdivia lo mataron los indios araucanos en 1553 al forzarlo a engullir oro líquido. Igual suerte corrió Marco Licinio Craso, el rico amigo de Julio César, en la batalla de Carras: sus enemigos le vertieron oro hirviente por la garganta. En fin, por ser denso pero flexible; indestructible pero maleable; útil para reyes y para religiones; codiciado desde siempre y desde siempre escaso, esas paradojas han hecho que este metal sea, sin duda, el más valioso de la historia.

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