Por: Alfredo Molano Bravo

“La mujer del animal” o la metáfora del poder

Toda violencia comienza con una expulsión: la de los indígenas de sus territorios, la de los campesinos de sus tierras, la de los negros de sus ríos, la del sindicalista de la empresa, la del inquilino de su pieza. O, como en el caso de la película La mujer del animal, la de una adolescente de un colegio de monjas.

La institucionalidad expulsa y arrincona. Saca del centro y empuja hacia la periferia. Desde las lomas donde no hay agua distinta a la del cielo y la luz es robada (¿alcantarillas para qué?) se mira la ciudad: edificios emblemáticos inteligentes, iglesias y catedral, cuarteles, Alcaldía, estadio, avenidas, semáforos. Un rumor atronador como la respiración de un monstruo invade los barrios altos, miserables, cunas del rebusque.

Allí llega, huyendo, la muchacha expulsada. Llegando, el Animal le posa el ojo, un ojo pesado y libidinoso, violento como el hambre. La embosca, la caza y se la lleva al hombro como su presa, su propiedad privada a la que nadie puede tener acceso, ni ella misma, claro está. En las goteras de los extramuros —donde comienzan los potreros con vacas que de tanto en tanto los matarifes se roban y “sacrifican” para vender en las famas—, la encierra en una pieza de vara en tierra y se la come. El Animal es un macho de verga dura. Todas las vírgenes, por serlo, le pertenecen. Las demás, pasadas por sus armas, también. El Animal es la fuerza bruta, el poder desnudo, el macho. Los hombres maduros le temen porque ha hecho de los jóvenes la prolongación de su cuerpo y de su machete. Maneja el vicio, tan promovido —como atacado—, para embolatar el hambre y alojar la miseria. El Animal es la fuerza del barrio, su poder, su institución central. Se le teme, pero se le necesita, es también el orden. Doblega voluntades y las pone a su servicio personal, a sus pies. Lo odian a muerte. El Animal es fuerte, come y escupe y le bota a la mujer los huesos ruñidos. La mera mirada suplicante de ella es castigada a fuete. Trabaja para él. “Hace los destinos”: lava, cocina, limpia. De ñapa debe dejarse tirar porque es él el que tira. Y tira con ella cuando ya no tiene qué más hacer después de emborracharse, empericarse, enyerbarse, agredir, chicanear, robar y matar. Su mujer es suya como un semoviente. Tiene prohibido hablar, mirar, respirar duro. La arrastra del pelo por la calle. La vuelve un animal. Los chulos vuelan sobre la comuna.

El Animal también es perseguido, macheteado, de niño fue salvado de ser sacrificado escondido en la sombra de un cafetal. La ira y el miedo acumulados son su fuerza y su perdición. Ama a su cucha y quiere ser tesorero de la junta de acción comunal. Tiene sus visos humanos. Preña a su mujer, o mejor, la carga. Tiene una hija: “Otra perra para ponerla a putear para que me mantenga”. La cría también le pertenece. La vida es una amenaza. La violencia traza su propio límite: la mujer del Animal se tusa para que “nunca más” él pueda arrastrarla. “¿Me oyó? Nunca más?”. El Animal tiene muchas deudas de sangre y de bolsillo. Huye. Lo arrincona la ley —tan brutal como él mismo, pero más frágil—, lo arrinconan sus enemigos. El cazador es cazado. “Mataron al Animal”. No respira, constata ella. El barrio bate ollas y peroles, echa voladores al cielo, hace tiros al aire.

Ella y él son actores naturales. Ella me dijo: “Odié al Animal en el rodaje”; él dice: “La gente me admira”. En la vida real son verdad.

Todo sucede en 1975 —aclara Víctor Gaviria, director de la película—, cuando la segunda violencia ha echado a andar barrio arriba, selva adentro.

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