Por: Nicolás Rodríguez

La ñoñomanía, una manía del centro

Será burla fácil en redes y motivo de desprecio y superioridad estética en ciudades como Bogotá, pero la ñoñomanía es mucho más que una marca política en decadencia. La manía en cuestión tramita fondos, protagoniza vallenatos, facilita plazas de mercado, construye alcantarillas, diseña estadios, entrena futbolistas, promueve alcaldes, pavimenta carreteras, apoya plebiscitos, elige gobernadores y salva presidentes.

La mermelada es un apelativo que ayuda a edulcorar el lado más amargo del ejercicio de la asignación del presupuesto para inversiones regionales. La idea de la mermelada que se reparte, de la que todos quieren una porción, es útil para la denuncia cuando se trata de acentuar el vínculo entre la necesidad política del centro y el oportunismo estratégico de la región. La metáfora de la mermelada para referirse a un proceso engorroso y fundamental para la supervivencia de un tipo de práctica electoral es una buena caricatura de la realidad política.

La ñoñomanía hace parte de esa mermelada, pero es mucho más que eso. El senador Bernardo Miguel Elías, uno de sus padres fundadores, es hoy el centro de la indignación por su presunta participación en el caso Odebrecht. Su mala hora ha sido juzgada fácilmente con desdén, moralismo y altas dosis de aversión. En la narrativa que se ha ido construyendo sobre la Costa como campo fértil de corrupción, mermelada y ñoñomanía son una misma cosa.

Hoy ya nadie quiere con Bernardo Miguel Elías (y con sus 140.000 votos del 2014), pero en sus toldos se hospedan los reparos, las quejas y los lamentos ante los desplantes de los políticos que en su momento de gloria no tardaron en pedir foto con el líder. La ñoñomanía también es un recordatorio, que nos habla más del centro que de las regiones. “No sabía que desde el Gobierno me odiaran tanto. Lástima no haberlo sabido antes”, ha tuiteado, con toda la razón, el propio Ñoño Elías.

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