Por: Daniel García-Peña

La obsesión de Trump con Obama

Trump lleva casi seis meses en la Casa Blanca y hasta ahora lo único que ha quedado claro, en medio de disparates diarios y escándalos semanales, es que sigue intacta su obsesión por desmontar todo lo que pueda ser parte del legado de su antecesor, Obama.

Nunca antes se había visto un presidente tan empeñado en borrar cualquier huella del anterior.

Cuando Eisenhower y los republicanos retornaron al poder luego de 20 años de gobiernos demócratas, no se les ocurrió desmontar el New Deal sino que de hecho lo ampliaron. Cuando el demócrata Clinton llegó a la Casa Blanca luego de 12 años de gobiernos republicanos, no reversó las políticas neoliberales y de libre comercio de Reagan y Bush papá.

Todo presidente entrante quiere marcar su espacio, lo cual es legítimo. Carter amnistió a los desertores de la guerra de Vietnam, una clara señal de viraje después de ocho años de Nixon y Ford. Pero lo hizo sin atacarlos, mirando hacia el futuro. Pese a las disputas partidistas, el continuismo —construir sobre lo construido— fue uno de los pilares del sistema bipartidista estadounidense, que permitió, a lo largo de las décadas, edificar políticas de Estado.

Hasta que llegó Trump.

Al anunciar el retiro de Estados Unidos del Acuerdo de París sobre Cambio Climático, lo justificó diciendo que había sido pésimamente negociado por un líder débil. Invocó el mismo argumento para salirse del TPP, el acuerdo comercial transpacífico. Hasta la existencia del Estado Islámico se lo achaca al vacío que dejó Obama.

La fijación de Trump por Obama es enfermiza. Arrancó su carrera hacia la Presidencia impulsando el llamado movimiento birther, que promovía el cuento chiflado, sin ningún fundamento y con un fuerte tufo a racismo, de que Obama no había nacido en los Estados Unidos sino en Kenia, y por tanto no podía ser presidente de EE. UU., y que era además un musulmán a escondidas.

Pero el más claro ejemplo es su empeño en acabar con el Obamacare, que Trump en campaña prometió derogar y reemplazar con algo “maravilloso, mucho mejor” en los primeros 100 días de su mandato. Esta semana se volvió a enredar el asunto. Los propios republicanos, que tienen las mayorías, no se ponen de acuerdo entre sí: los más de derecha quieren eliminar todo papel de lo público a favor del mercado, mientras los llamados moderados quieren mantener algunos subsidios, lo cual para los derechistas no es más que Obamacare light. Se estima que con la reforma de los republicanos entre 22 y 23 millones de personas perderían su seguro, afectando principalmente, por supuesto, a los más pobres, muchos de los cuales irónicamente votaron por Trump.

Desmontar el legado de Obama no es tan fácil. Estados como California y ciudades como Nueva York se han comprometido a cumplir con el Acuerdo de París desafiando la decisión de Washington. La propia administración Trump ha decidido mantener intacto el DACA, el programa establecido por Obama que evita la deportación de hijos e hijas de inmigrantes ilegales. El acuerdo que Obama logró con Irán, que Trump ha vilipendiado tanto, sigue intacto. Si bien echó para atrás algunas medidas relacionados con el comercio, la decisión de fondo de Obama de reestablecer relaciones con Cuba se ha mantenido.

Y por supuesto, está Obamacare que, mientras los republicanos no logren ponerse de acuerdo, seguirá rigiendo, cada vez con mayor apoyo.

En últimas, lo que más le disgusta a Trump es el nombre. A él le encanta ver el suyo en grandes letras doradas en las fachadas de casinos, inmensas torres, hoteles lujosos enchapados en mármol, campos de golf, universidades de garaje, corbatas, hasta bistecs. Le debe sacar la piedra que el sistema de salud que muchos presidentes antes habían intentado reformar lleve precisamente el nombre de Obama y no el suyo.

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No sé por qué todo esto me hace pensar en Peñalosa, cuyo único norte parece ser desmontar cualquier cosa que medio huela a Petro.

danielgarciapena@hotmail.com

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