Por: Patricia Lara Salive

La pelea por el cascarón

La renuncia de Clara López al Polo era inevitable, porque el sector que ella representa y el del Moir que dirige el senador Jorge Robledo son como el agua y el aceite, como lo eran también con el mismo Moir los otros sectores que se han ido desgranando de ese partido: el de Petro, el de Navarro, el de Lucho Garzón, etc.

Las diferencias se han ido ahondando porque Robledo se ha mostrado hostil a alianzas de tipo táctico, como las que en distintas ocasiones han surgido, lideradas por Clara López o por Lucho Garzón, para apoyar el proceso de paz de Santos. Con esas alianzas deben haber comulgado los senadores Iván Cepeda y Antonio Navarro, e incluso el exalcalde Gustavo Petro, quien ya le pidió a Clara que se una a “una alianza por la paz y la justicia social”.

Entre ellos, a pesar de las rivalidades que puedan tener, es posible lograr una unión. Pero con Robledo esa unión es imposible: sus posiciones son a veces tan intransigentes que parece más cercano al Centro Democrático de extrema derecha de Uribe que al centro izquierda. Por eso se explica que en el comunicado del Comité Ejecutivo del Polo, que esta semana separó a Clara del partido, se diga que la medida se tomó “dadas sus posiciones favorables a las (…) del gobierno de Juan Manuel Santos”, y que “el Polo Democrático ratifica su oposición frente a los gobiernos nacionales de Álvaro Uribe y Juan Manuel Santos”.

Y ese es el punto: para Robledo y su combo, Uribe y Santos son la misma cosa. Pero, pensarlo así, es un disparate mayúsculo: Santos está a punto de terminar esta guerra que lleva 70 años y de ampliar la democracia colombiana, mientras que Uribe sueña con eternizarla y, así, perpetuar la exclusión política y el poder de los terratenientes y de las camarillas locales. ¡Que Santos no es de izquierda en materia económica, por supuesto que no! Pero la prioridad para la izquierda, a la que tanto ha perjudicado la existencia de la guerrilla, tiene que ser, ante todo, acabar la guerra que ya nos lleva por los ocho millones de víctimas. No puede haber confusiones: ¡se trata de salvarle la vida al enfermo! Ya después se verá cómo se le curan los otros males.

Sin embargo, además de las diferencias en las concepciones políticas entre ambos bandos, en el Polo se estaba librando la misma batalla que tantas veces se ha librado en el Partido Liberal y que ha dejado tan mal paradas a sus disidencias: la guerra para definir quién se queda con el trofeo de la legitimidad y del nombre, lo cual significa quedarse con el cascarón y con la maquinaria, y acceder a los beneficios que el Estado les concede a los partidos políticos, esto es, la financiación basada en la reposición de votos y el acceso a determinados espacios en televisión, entre otros privilegios.

Y esa guerra por el cascarón la empezó a ganar Robledo cuando consiguió la mayoría en el Comité Ejecutivo, y la acabó de ganar ahora, cuando sacó a Clara López, su principal rival, quien obtuvo la no despreciable cifra de dos millones de votos en las elecciones presidenciales.

No obstante, nadie garantiza que ese senador formidable consiga que el cascarón se le mantenga: porque a punta de restar, de excluir, de separar y de alejar militantes y líderes reconocidos, Robledo puede hacer que el Polo quede reducido a su más mínima expresión e, incluso, que no alcance el umbral y desaparezca como partido.

Y eso sí que sería triste, después de aquellos 3.600.000 votos obtenidos en el 2006 de la mano del maestro Carlos Gaviria...

www.patricialarasalive.com, @patricialarasa

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