Por: Juan Gabriel Vásquez

Las auroras de sangre

En abril de 2001, por razones que no viene al caso explicar, me encontré una tarde en el estudio de García Márquez (pero sin García Márquez, a quien no conozco) en Bogotá. Puede que la memoria me engañe, pero lo que recuerdo es la blancura general del lugar: los sofás, el computador, las estanterías. Pues bien, es de uno de esos estantes blancos que quiero hablar, porque en él había unos veinte ejemplares del mismo libro. La persona que estaba conmigo me explicó que García Márquez estaba entusiasmado con el libro, y que había comprado varios sólo para tenerlos a mano y poder regalárselos a cualquier visitante. Era Las auroras de sangre, de William Ospina.

Todo esto se lo conté a Ospina hace un par de semanas, en Barcelona, cuando la editorial Belacqva nos invitó a mí y al novelista español Enrique de Hériz a presentar la edición española del libro. También conté que lo primero que hice esa tarde, después de salir del estudio de García Márquez, fue caminar hasta la librería más cercana y comprar el libro. (Ahora me pregunto por qué no me llevé uno del estudio, si para eso estaban). En esos días lo leí con tanto gusto como lo he hecho ahora, pero en seis años uno aprende demasiadas cosas como para que no cambie su perspectiva. En 2001 pensé que Las auroras de sangre era un libro extraordinario; ahora me parece que es, simplemente, uno de los mejores ensayos escritos en Colombia.

Las auroras de sangre es, en parte, una biografía de Juan de Castellanos, el autor del poema más largo de la lengua española: las Elegías de varones ilustres de Indias, un mamotreto de 113.609 versos que Castellanos empezó a publicar en 1589. Pero repito: en parte. Porque el libro es sobre todo una visita guiada al poema, y Ospina es un guía inmejorable. Lo que hace, entonces, es llevarnos por los más de cien mil versos señalando lo que hay que señalar, callándose cuando hay que callarse y, a fin de cuentas, dejando muy en claro por qué el menosprecio que la crítica hispánica ha sentido por este poema es una de las grandes miopías de la historia. Para resumir el asunto: durante siglos, los poetas han despreciado a Juan de Castellanos por considerarlo demasiado historiador; y los historiadores lo han despreciado por considerarlo demasiado poeta. Para los poetas, su fidelidad histórica es demasiado mundana; para los historiadores, la verdad de la historia queda bajo cuestión cuando se narra en verso.

Todo lo cual, claro, forma parte de la razón por la que el libro me resulta tan fascinante. Para mí, la imagen de Castellanos que emerge del libro es, más que la de un poeta historiador o un historiador poeta, la de un narrador. Sus versos son tan ricos en detalles realistas como esas primeras novelas que se comenzaban a publicar en el siglo XVI: El Lazarillo de Tormes, por ejemplo. Pero además los versos de Castellanos hacen un esfuerzo (extraordinario en ese tiempo) por ser neutrales. Elogian a los soldados españoles que han conquistado América, por ejemplo, pero no se les olvida condenar duramente los excesos cometidos en el proceso de la conquista. Esa neutralidad sería años después una de las grandes revoluciones que trajo a la literatura la novela de un autor que ni siquiera leyó a Castellanos: El Quijote.

Pero el vínculo más apasionante que hace Ospina es el que surge entre las Elegías y la novela colombiana del siglo XX. En efecto, lo primero que notó Castellanos fue que la realidad americana no era narrable con la lengua que se trajo de España. Y aunque Ospina no lo señale, es imposible saber eso y no recordar la primera página de Cien años de soledad, donde el mundo era tan reciente que las cosas carecían de nombre, y para nombrarlas había que señalarlas con el dedo. Juan de Castellanos debió de sentirse así ante el Nuevo Mundo. Y su reacción, como la de los grandes novelistas latinoamericanos, fue inventar un lenguaje. Sólo por eso merece ser leído.

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