Por: Julio César Londoño

Las bolas de Vallejo

Como nadie ignora, bajo el nombre de Fernando Vallejo se ocultan varios sujetos: el V1 es un caballero delicado, pianista, amante de los animales. San Francisco en bicicleta. V2 es crítico y filólogo (“Logoi”, “El mensajero”, “Chapolas negras”). V3 es uno de los más vigorosos narradores de la literatura contemporánea; uno que sabe decir, en medio del escándalo del charco de sangre de una pelea callejera: “…una fritanguera le cosió rápidamente el corazón al muchacho con un bejuquito de liar tamales, y quedó tan bien cosido que al instante volvió a latir y a sentir odio”.

El V4 es el energúmeno profesional (y estrella literaria) que invitan a los festivales para que haga el performance V5, su propia caricatura, y repita su diatriba de injurias y despierte al público, adormilado por uno de esos autores sesudos que viven citando su propia obra, como cualquier Mutis incontinente.

El V6 es un divulgador científico anómalo. Mientras los divulgadores corrientes nos esforzamos en poner la obra del genio en lengua cristiana, V6 la estudia durante nueve inviernos, le descubre pequeñas fisuras, le inventa otras y al final publica un informe minucioso que mezcla lenguas vivas y muertas, prosa lírica con dentelladas furiosas, y aforismos de tinte presocrático con hipérboles francamente antioqueñas.

En “La tautología darwinista”, demos por caso, acepta que la evolución es un hecho científico, pero rechaza el mecanismo darwinista de la selección natural, al que considera una perogrullada circular. Si sobrevive es fuerte, si es fuerte sobrevive. O en sus pérfidas palabras: “El más apto es el que no se murió, como lo prueba el hecho de que siga vivo”.

Luego la emprendió, en “Manualito de imposturología física”, contra “los grandes farsantes de la historia: Tomás de Aquino, Mahoma y Cristo”, cuya falsía midió en submúltiplos de “aquino”, la unidad de impostura que acuñó ex profeso, y contra varios físicos notables: Galileo, Maxwell, Heinsenberg, Planck… “impostores que alcanzan centenares de aquinos”. Allí nos sorprendió a todos con la noticia de que Newton no escribió nunca la fórmula de la gravitación universal porque la constante G solo fue calculada 71 años después de la muerte de Newton por Lord Cavendish.

La noticia me sacudió. Fue como si me dijeran que la Mona Lisa no era de Leonardo sino de un tatarabuelo morisco de Fernando Botero.

Ahora V6 vuelve a la carga con “Las bolas de Cavendish”, una nueva andanada de blasfemias contra los físicos, la matemática, el lenguaje, el homo sapiens, Dios y la Universidad de Antioquia. Y contra Antonio Vélez, autor de “Principio y fin”, el más bello y preciso ensayo sobre la historia de la vida jamás escrito. Y todo porque Vélez, lector de la Editorial de la Universidad, no aprobó la publicación de “Las bolas de Cavendish”.

Hay que decirlo ya: se equivocan los lectores puntillosos que quieren leer a V6 en clave de rigor, como si estuvieran leyendo una monografía científica; o “Logoi”, la erudita preceptiva literaria de V2.

“Las bolas” parten de la física y ascienden hacia el delirio; como “Eureka”, el ensayo de Poe que partió de la astronomía y se alzó en poema. Sin embargo, fue allí donde el borracho de Baltimore explicó al fin la razón de la negrura de la noche, enigma que había superado a Copérnico, Kepler y Laplace, entre otros fulanos.

Perdidas en la hojarasca de “Las bolas” hay frases inquietantes: “Dios existe pero es malo”. “La gran ventaja evolutiva del homo sapiens es la mentira”. “La materia es un espejismo del vacío”.

No se extrañen si mañana los filósofos encuentran, en las hojas chamuscadas de la pira de los libros de Vallejo, claves parciales del alma o del cosmos.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Julio César Londoño