Por: Columna del lector

Las milicias bolivarianas: el pueblo en armas

Por Néstor Rosanía*

El golpe de Estado que sufrió el presidente Hugo Chávez el 11 de abril de 2002, que fue reversado por un ala militar fiel al chavismo, marcó un punto de inflexión en la historia política venezolana. La presión ejercida por los sectores populares de los barrios 23 de Enero y Maca Petare (los dos grandes enclaves del chavismo) permitió que se consolidara en Venezuela una fuerza popular con capacidad de hacer frente en su momento a los militares golpistas. Estas organizaciones de base, que en un principio se denominaron Círculos Bolivarianos, tenían dos objetivos fundamentales: el primero, dar difusión a la plataforma ideológico-política de la Revolución bolivariana y posteriormente del socialismo del siglo XXI, bajo los postulados de Heinz Dieterich, y el segundo, formar cuadros de mando a través de los líderes locales para de esta forma tener un control social sobre la población.

Es importante resaltar que estos Círculos estuvieron acompañados por las Misiones Barrio Adentro y la Misión Milagros, que constituyeron programas sociales de alto impacto que permitían tener una gran aceptación en los barrios más deprimidos de Caracas, y a partir de este modelo comenzar a expandirse por todo el país. El golpe de Estado de 2002 y las diversas crisis que sufrió el gobierno Chávez hicieron que la estructura de los Círculos Bolivarianos se modificara para erigirse como los nuevos “guardianes de la Revolución”, pasando de ser organizaciones de formación política a organizaciones de estructura armada organizada por células y con entrenamiento militar.

A partir de esto, las Fuerzas Militares venezolanas han construido una hipótesis de guerra denominada “de la Revolución a la resistencia”. Esta premisa opera bajo el supuesto de un eventual ataque a Venezuela por parte de una fuerza militar internacional superior en número de hombres, armas y tecnología. Bajo este contexto, la guerra regular no sería una alternativa, pero la guerra irregular o asimétrica sí sería una metodología de combate que desgastaría a grandes cuerpos militares, tal como sucede hoy en Afganistán o Irak, donde la guerra regular no superó los dos meses, pero la guerra asimétrica ha tenido una duración de 16 años. Bajo este presupuesto, el mando militar venezolano entendió que la hipótesis de guerra debía ser planteada desde la asimetría y para esto debía construir una fuerza armada irregular que denominó las Milicias Bolivarianas, bajo la Ley Orgánica de las Fuerzas Armadas venezolanas, y que se constituyó como la quinta fuerza armada y de seguridad del Estado.

La milicia a su vez se estructura en dos componentes: Milicia Territorial y Cuerpos de Combatientes. La primera se compone de hombres y mujeres menores de 65 años con dos funciones: logística e inteligencia, y los segundos son estructuras armadas compuestas por hombres y mujeres con alguna instrucción de tipo militar o exintegrantes de alguna fuerza de seguridad del Estado. En este caso, la estrategia militar desde la teoría de guerra consiste en que, en caso de una agresión externa, el ejército regular tenga la flexibilidad de convertirse en una fuerza irregular dirigida por el Comando de Milicia. Así se entraría en una guerra de resistencia adoptando las estrategias de las fuerzas rebeldes iraquíes o afganas.

Ahora bien, este plan, diseñado inicialmente desde la teoría de la guerra, realmente derivó en la conformación de los Colectivos Bolivarianos. Estos últimos son los grupos de las fuerzas más radicales del chavismo, concentrados fundamentalmente en el barrio 23 de Enero de Caracas. Se encuentran compuestos por hombres y mujeres generalmente entre los 18 y los 55 años y tienen dos funciones principales: primero, lograr control frente a la oposición en términos de identificar a sus principales líderes nacionales, cuadros regionales y locales, y ejercer una intimidación permanente a partir del uso de redes sociales, la amenaza directa o las campañas de desinformación, y segundo, adoptar una estrategia de movilización armada que permita tener el control de distritos completos de Caracas bajo la mirada silenciosa de la Policía, pues los colectivos constituyen una fuerza paraestatal.

En términos de armamento, hay evidencia de que dichas milicias tienen bajo su custodia armas cortas y ligeras, como revólveres calibre .38 corto y largo, pistolas nueve milímetros y hasta fusiles M16 y AK 103. Es importante recordar las palabras del presidente Nicolás Maduro cuando en plaza pública manifestó: “He aprobado (...) los planes para expandir la Milicia Nacional Bolivariana durante este año a 500.000 milicianos y milicianas con todos sus equipos, y garantizar a través de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana (FANB) un fusil para cada miliciano”. Quinientos mil hombres en armas permiten edificar una fuerza más grande que el Ejército de Colombia, que posee 250.000 efectivos, o de Brasil, que tiene 366.000. Sumado a lo anterior, esta es una fuerza de civiles radicalizados defendiendo un proyecto político.

Es indudable que cuando el Estado renuncia al monopolio legítimo de la fuerza, lo descentraliza y lo politiza, aparece una variable más para catalogar un régimen como dictadura, y un indicador de que una guerra civil se presenta como una posibilidad latente. Quinientos mil civiles armados y radicalizados hacen que esto pueda terminar en un baño de sangre.

* Director del Centro de Estudios en Seguridad y Paz.

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