Por: Ricardo Bada
Yo soy como el picaflor

Las viudas

Según es bien sabido, los editores se cuentan entre las especies depredadoras. Pero tienen un enemigo natural que aunque no les amenace de un modo homicida, sí que les amarga la vida y les lleva al inhumano extremo de desear la muerte de tal enemigo: las viudas de sus autores. El autor fue más o menos famoso, cobró sus más o menos royalties y mantuvo una relación más o menos buena con su editor; pero si acaso hubiese albergado algún resquemor contra él, y supo cómo ocultarlo, lo hizo a sabiendas de que —una vez muerto— su viuda tomaría a su cargo la dulce tarea de la venganza. Y de hecho, a veces incluso sin saberlo, las viudas de los autores suelen vengarse a conciencia de los editores de sus respectivos difuntos. La historia de la literatura está llena de ejemplos, desde la viuda de Homero hasta nuestros días.

Pero la verdad es que este pulso, a veces infame y obscenamente ajeno a las civilizadas reglas no escritas del fair play, ha trascendido del mundo de la edición al de la vida pública, en especial en el campo de la política. Un caso muy reciente lo hemos tenido en Alemania a la muerte del excanciller Helmut Kohl, cuya joven segunda esposa (y ahora ya viuda) se apropió de esa muerte sin dejar siquiera que los hijos del primer matrimonio de su cónyuge, amén de los nietos habidos, pudieran despedirse de su padre y abuelo.

Bien es cierto que yo he considerado el tema desde un punto de vista diferente al que prima entre sus comentaristas. A mí toda la tramoya de las exequias europeas del excanciller Kohl me ha parecido una ceremonia de la confusión. Se le ha ensalzado como el padre de la unidad alemana, cuando fue justo él quien se empeñó en cimentar la división del país de la manera más notoria: recibiendo con honores de jefe de Estado, en Bonn, al presidente de la otra Alemania, la RDA. Pocos meses después, el pueblo de la RDA se deshizo de su dictadura y Herr Kohl se encontró con la unidad alemana en su regazo, lo mismo que la Virgen María concibió a su criatura: llovida del cielo.

Fue por eso que, con independencia de los sentimientos familiares, me pareció mucho mejor que ni los hijos ni los nietos de Kohl participasen en la farsa de las exequias en Estrasburgo y Spira. Su dolor auténtico por la muerte del padre y el abuelo habría estado fuera de lugar en medio de las lágrimas de cocodrilo tan elocuentemente vertidas en las tales exequias.

“Y la paz”. Lo escribo entre comillas en homenaje a un viejo periodista del diario Odiel, de Huelva, que fue donde me inicié en esta profesión. Mi colega siempre concluía sus columnas diciendo “Y la paz”, para cometer luego la paradoja de firmar con su seudónimo: Bélico.

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