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Reinaldo Spitaletta 24 Jun 2013 - 11:00 pm

Sombrero de mago

Leandro y esa bella melodía

Reinaldo Spitaletta

Cuando muere un juglar, a los pájaros se les atraviesa un arco de violín en la garganta.

Por: Reinaldo Spitaletta
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Eso dijo alguien, a lo mejor otro juglar. Es que da cierta vaina cuando se calla el cantor. Es como si el alma se adelgazara. Esos viejos cronistas costeños nos hicieron conocer geografías inesperadas, ríos que daban fuerza para cantar, el ron de vinola y aquella verdad simple: “Las mujeres a mí no me quieren porque es que yo no tengo plata…”.

Tal vez uno de los fundadores, al que nombraron como el Jilguero de la Sierra Nevada de Santa Marta, puso a bailar a los “cachacos” en aquellos diciembres de “pólvora a chorros”. Guillermo Buitrago, unos de los primeros divulgadores de las composiciones de Escalona, se volvió una suerte de mito no sólo por su muerte temprana y su talento, sino porque a su alrededor se crearon consejas como las de que lo envenenaron por envidia o que lo embrujaron, debido a sus manías y dotes de seductor.

Aquellos juglares que cantaban las noticias de pueblo en pueblo, dieron a conocer aspectos de la vida cotidiana de regiones que no todos podían imaginar. Nos nombraron la cañaguatera, la bonga, los almendros, el matarratón y así, con sus inventarios botánicos, nos acercaron a las aguas del Tocaimo y el Guatapurí, y otro nos cantó que “conocí una Rosa allá en Valledupar, rosa perfumada perfumó mi andar”…, al tiempo que íbamos conociendo a Patillal, Fonseca, San Diego, Hatonuevo, Lagunita de la Sierra, Mata de Caña, Caimito, y nos montábamos a un tren que pasaba por Valencia, tomaba la sabana, Caracolicito y llegaba a Fundación.

Tal vez la canción colombiana más triste (y quizá más bella) pueda ser la tragedia de Alicia Adorada, de Juancho Polo Valencia. Flores de María se volvió famosa por las palabras de aquel juglar al que le quedó un remordimiento. Y un guayabo. Y es en este punto donde aparece el recién finado Leandro Díaz, el de la “bella melodía”, otra especie de gran seductor, al que lo llamaron Homero, no solo por ciego, sino por sus letras luminosas y descriptivas.

El ciego, que tiene monumentos en San Diego y otros pueblos (“el busto que me lo den en plata”, hubiera dicho un paisa gozón), pudo escuchar no solo los rumores del Tocaimo, sino el acordeón de Colacho Mendoza, el canto de Armando Zabaleta, la guitarra de Toño Brahim, las invocaciones de Lorenzo Morales, las historias de Emiliano Zuleta, y sobre todo la risa de las muchachas, para llegar a crear esas letras de versos “chiquiticos y bajiticos de melodía”.

Matilde Lina puede ser otra de las canciones caribeñas más representativas y que debe figurar en cualquier antología del género. Los enamorados la bailan pegaditos, mientras el sentimiento se les hace más grande. A Leandro Díaz, la música le fortaleció el carácter, según dijo alguna vez su hijo Ivo, también cantor. Y le permitió la “oportunidad de comprar maíz suficiente para amasar sus propias arepas”. También tuvo la inteligencia suficiente para saber que, en aquellos ámbitos feudales, “los hacendados tratan mejor a quienes les animan sus parrandas que a quienes les ordeñan sus vacas”.

Leandro Díaz, el que presagiaba lluvias según la dirección de los vientos, supo del orgullo que se mandaba Josefa Guerra, que a lo mejor también olía a jabón de baño, como Matilde Lina, y entonces le escribió el paseo La Diosa Coronada, del cual García Márquez extrajo dos versos como epígrafe de su Amor en los tiempos del cólera: “En adelanto van estos lugares: / ya tienen su diosa coronada”.

Con la muerte de Díaz, el vallenato (el genuino, no la chambonada que hoy se hace) entra en nuevas y hondas orfandades. El viento guajiro y los otros vientos costeños siempre cantarán aquello de “cuando Matilde camina hasta sonríe la sabana”. Leandro Díaz, el juglar ciego, ganó la luz como se gana el pan, para decirlo con alguna expresión de León Felipe. Que no cese la parranda. 

  • Reinaldo Spitaletta | Elespectador.com

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Dudo

Mar, 06/25/2013 - 21:02
Todas sus columnas son muy estudiadas y ésta además, muy amena.
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terebrante

Mar, 06/25/2013 - 16:50
..y me acarician los rayos del sol uno por uno se acercan a mi a iluminarme con su resplandor hasta que llegue el momento feliz. (fragmento de " El verano" ) Pareciera que a veces los ojos no nos dejan ver el mundo que vio Leandro.
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Maria Mercedes Ayala

Mar, 06/25/2013 - 09:40
Sr. Spitaletta: Hermosa columna.!!!!!!!!!
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SCASO072

Mar, 06/25/2013 - 08:39
Muchas gracias por su artículo. El vallenato, el de Bovea, fue el primer periodismo cantado. Los juglares iban de pueblo en pueblo, contando y cantando. Chismosos melodiosos. La música de aquellos, al igual que su pluma don Reinaldo, iluminan la vida. Paz en la tumba del gran juglar.
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Boyancio

Mar, 06/25/2013 - 05:24
El Caribe es así de goce: perfuma al centralismo que lo invade y lo hiere, como lo hace el sándalo cuando recibe el hacha que en leñita lo vuelve, y ésta sale olorosa y guapachosa a seguir tumbando monte. Sea que gozan por allá; pero no retribuyen lo que presupuestalmente corresponde...eche, así no se puede, porque los juglares que respondían al invasor con cantos de vaquería, ahora andan en moto, ñía.
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