Por: María Elvira Bonilla

Las lecciones de la Casa de Nariño

El testimonio de la exrepresentante Yidis Medina ante la Corte Suprema en el juicio de los exministros de Álvaro Uribe, Diego Palacio y Sabas Pretelt, es vergonzoso y demoledor: “Aprendí de la corrupción con el expresidente Álvaro Uribe”.

La reacción elemental ante semejante afirmación es insistir en que ella es una mitómana. Pero el asunto es serio pues sus recientes testimonios se fundamentan en lo que les ha contado y aportado a los jueces durante más de tres años, luego de iniciado su proceso por el delito de cohecho. “Fueron muchas las recomendaciones (que recibí) de cómo amarrar a una persona políticamente, porque yo no conocía la corrupción que tenía en ese momento el gobierno nacional”. Pero es concreta y aterradora cuando afirma: “En la Casa de Nariño había tulas de dinero para que los congresistas votaran por el sí (a la reelección presidencial)... Eran 10 o 12 congresistas... Yo vi la tula”. Tulas de dinero, al mejor estilo mafioso que recuerda al Proceso 8.000 cuando dinero del narcotráfico se infiltró en la campaña presidencial de Ernesto Samper.

El relato de Yidis Medina sólo confirma la presencia de hechos oscuros en las movidas para asegurar la reelección de Álvaro Uribe. A raíz de ello, permanecen altos funcionarios de ese gobierno vinculados a procesos judiciales. Remember “el caso Job”, cuando para evadir el registro oficial entraron por “la puerta de atrás” de la Casa de Nariño el exparamilitar Antonio López, alias Job, quien terminaría asesinado, y el abogado de Don Berna, Diego Álvarez, para asistir a una reunión con varios altos funcionarios en ejercicio: Juan José Chaux, por entonces embajador en República Dominicana, Edmundo del Castillo y César Mauricio Velásquez, secretarios jurídico y de prensa de la Presidencia, y el asesor presidencial, José Obdulio Gaviria. Una reunión que permanece sin explicación, pero que por sus características era para acordar algo impublicable.

En esas oficinas, oficiales y vecinas del despacho presidencial, se decidieron las chuzadas telefónicas a periodistas, magistrados, congresistas y líderes de oposición que tienen a la exdirectora del DAS María del Pilar Hurtado en Panamá, huyéndole a la justicia, y al entonces secretario de la Presidencia, Bernardo Moreno, enfrentando acusaciones de la Fiscalía.

La obsesión de Álvaro Uribe de reelegirse, alimentada por su ambición de perpetuarse en el poder, llevó a que su círculo inmediato cruzara las fronteras de la ética y la legalidad. “Ayude a que este proyecto salga adelante, colabore, yo tengo instrucciones del mismo presidente de la República, con puestos de los que haya en Barrancabermeja que le competan al gobierno nacional”, le decía el ministro Palacio, según cuenta Yidis Medina. Y en efecto, mientras ella cambiaba su voto en el Congreso, se nombraba por orden de Bogotá a uno de sus recomendados en el Hospital de Barrancabermeja.

Las lecciones de la Casa de Nariño son la combinación del atajo, el cómo voy yo, bajo el diabólico principio de que el fin justifica los medios. En una palabra: lecciones de corrupción. “Todo eso me lo enseñaron en la Casa de Nariño”. Lo peor es que sobrevive mucho de esa manera perversa e ilegal de relacionarse el Ejecutivo con el Congreso, relaciones endulzadas con prebendas, especialmente en tiempos de reelección. Todo permanece aún oculto porque “les han cumplido”. ¡Hasta que aparezca el delator!

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