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Ricardo Bada 14 Mayo 2013 - 5:03 pm

Yo soy como el picaflor

¿Qué leía Franco?

Ricardo Bada

Casi no queda columnista que no se haya hecho eco de las palabras de Evo Morales, presidente de Bolivia, declarando paladinamente que no le gusta leer.

Por: Ricardo Bada
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Y como no quiero ser menos que mis colegas, también yo le voy a dedicar mis 2.500 espacios al tema.

Recordando que Heinrich Böll publicó en 1975 una amplia reseña de un libro titulado Las lecturas privadas de Sigmund Freud. Don Enrique (como yo lo llamaba) tituló su reseña “¿Qué leía Hindenburg?”, y en el texto de la misma señalaba: «Téngase en cuenta la importancia de las lecturas (privadas) de Hitler, después de 1923, para la historia mundial». Así pues, a Böll, Premio Nobel 1972, le parecía significativo y hasta esclarecedor saber qué leen los políticos, y elegía como paradigmático (para sus lectores alemanes) al último presidente de la República de Weimar, tras cuya muerte Hitler asumió poderes omnímodos.

Otro Nobel, Joseph Brodsky, en su discurso de Estocolmo, 1987, avanzó un paso más: «Creo–no de manera empírica, sino sólo teórica, y lo lamento– que, para quien ha leído bastante a Dickens, disparar contra el prójimo en nombre de una idea es más problemático que para quien no lo ha leído». Aunque en el mismo párrafo, curándose en salud, acotaba que «una persona educada, culta, es, con toda certeza, capaz de matar a su semejante e incluso de sentir, al hacerlo, un éxtasis de convicción. Lenin era culto, Stalin era culto, y también Hitler (sic): en cuanto a Mao Tse Tung, incluso escribía versos. Ahora bien, lo que todos esos hombres tienen en común es que su lista de disparos es más larga que su lista de lecturas». Y tanto.  

El diario moscovita Pravda publicó en 1994 un inventario de la biblioteca privada de Stalin, y debemos confesar que la lista nos impresiona por la variedad y universalidad de los ítems que abarca. Baste decir que entre las lecturas del padrecito Stalin se contaban Spinoza, Descartes, Kant, Puchkin, Anatole France, Flaubert, Maupassant, H.G. Wells, Jack London y... Dickens, rebatiendo así la confiadísima suposición, o sólo esperanza, de Brodsky.

Sea como fuere, y por precaución, siempre seguiré creyendo con Böll que resulta harto conveniente saber cuáles son las lecturas de los políticos que nos gobiernan: aunque sólo sirva para constatar que no dejaron huella ninguna en ellos. Parafraseando al autor de Opiniones de un clown, podría preguntar aquí, sin ir más lejos: ¿Qué leía Franco? Corriendo como es lógico el riesgo de que algún espíritu mordaz me pregunte a su vez, cerrando así de modo inapelable la discusión: "Ah, pero Franco ¿leía?"

  • Ricardo Bada | Elespectador.com

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