Por: María Antonieta Solórzano

Líderes con pies de barro

La habilidad de asumir desde la conciencia las consecuencias de las propias acciones, diferencia las personas capaces de guiar a otros, de aquellos líderes con pies de barro que, más bien, se aprovechan de su estatus o de su historia para abusar de la autoridad.

En nuestro medio se ha vuelto costumbre que padres de familia, educadores, alcaldes o presidentes, frente a los errores cometidos, busquen toda clase de subterfugios para esquivar la responsabilidad que les cabe.

Un alcalde al que la ciudad se le destroza entre las manos se permite afirmar que lo ocurrido en la ciudad no tuvo que ver con el ejercicio de su mandato. Un padre de familia considera que los problemas de su hijo tienen que ver, exclusivamente, con que “anda en malas compañías”.

Si un estudiante adolescente tomara el riesgo de consumir LSD y se desencadenara una enfermedad adictiva, al educador que recomienda el consumo de LSD para generar mayor creatividad tampoco le cabría ninguna responsabilidad.

¿Cómo definimos el compromiso con las consecuencias de las propias acciones que nos queda tan fácil lavarnos las manos? ¿Será que el pensamiento mágico, la omnipotencia y la ignorancia se nos convirtieron en argumentos razonables para justificar la irresponsabilidad?

Por ejemplo, nuestro educador piensa que el hecho de que personajes como Francis Crick, el codescubridor de la estructura espacial del ADN, y Douglas Engelbart, inventor del mouse, relacionen el consumo con su creatividad, al igual que Steve Jobs, esto convierte el consumo de LSD en recomendable.

Como si todo lo que hacen los famosos fuera imitable per se, como si ninguno de nosotros hubiera oído de labios de las madres la más común y elemental de las reprimendas: “Y si tu hermano se bota por el Salto del Tequendama, ¿entonces tú también?”.

Nuestro alcalde suspendido parece también participar de esta idea mágica que parece coincidir con una antigua regla implícita en nuestras tradiciones educativas y es que a los mayores no se les cuestiona lo que hacen —se les obedece sin chistar—, ellos son la autoridad.

Repito, asumir desde la conciencia interior las consecuencias de las propias acciones, diferencia las personas capaces de guiar a otros, de los líderes con pies de barro.

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