Por: Juan David Ochoa

La línea roja

Dice el premio Nobel de paz, Barack Obama, que el peligroso régimen de Assad ha superado una gruesa línea roja; el uso de armas químicas. Se pueden ver los cuerpos convulsivos y azotados desde el interior por una reacción extraña.

Los diarios y los noticieros lo repiten. Y todo apunta a que la bestia invisible que extinguió a mil cuatrocientos sirios en la última hecatombe de Damasco es el más efectivo de los gases usados para el exterminio;  el mismo que usó  Hussein en Irán previo a la acción disciplinaria de la OTAN que estallaría con la guerra del golfo.

Aunque parezca Obama convincente en el discurso intervencionista al que llama humanitario, no disimula el rumor de su caldera interna; debe sospechar muy bien que desde el día  de la orden de ataque, la historia lo podrá acusar sin posibilidad para el resarcimiento. 

Ya es evidente la presión que ejercen los sectores sensibilizados con la catástrofe en su decisión desde la retaguardia, y la constante crítica mundial de los también sectores humanistas desde el frente, los que sugieren no atizar aún más la llamarada del desastre.

Adolfo Pérez Esquivel le recuerda a su admirado Luther King, el sueño de la libertad, el ideal del pacifismo. Ger Lundestaf, secretario del comité Nobel, le recuerda la práctica ejemplar de quien conlleva en sus espaldas el trofeo. Y  lo entiende muy bien, lo sabe. Pero sabe también que la potencia que dirige es un imperio, y que un imperio se comporta como tal; equilibrando el mundo a su contorno aunque los riesgos sean horridos y tremebundos. Pero parece que ignora la dimensión monstruosa de los riesgos, y no es nada difícil sospechar lo que desatará la intervención.

La paz que pregona será vapuleada por propio poder. El castigo limitado y milimétrico no será más que un eufemismo inmolado cuando el contexto regional, plagado de irregularidades y de tropas enemigas y mimetizadas en la apariencia bipartita de la guerra civil los carcoma también en la succión de la violencia, y la línea roja, de la que tanto hablaba en la postura de un gendarme, no habrá sido superada únicamente por Assad, el enemigo público. También será sobrepasada por su intromisión que multiplicará los muertos. Caerá en la mortandad que expandirá los efectos colaterales del primer chasquido, aunque insista siempre en reafirmar que no introducirá tropas terrestres. Decía exactamente lo mismo el belicoso Bush antes del Golpe a Bagdad. 

Pero parece además ignorar Obama que Al Assad no es Hussein, que Siria no es Irak, y que el efecto de los bombardeos del castigo no será la rendición sino la escala desatada y múltiple de una compacta coyuntura de odio (Hezbollah- Al Qaeda), sumando el intensificado desprecio entre Israel e Irán que servirán de aliados a los bandos enfrentados, y la posible radicalización inamistosa  entre el Kremlin y la Casa Blanca.

En una frase retórica del secretario de estado John Kerry, ha suscitado que la única opción para frenar la intervención es una entrega total del arsenal químico. El plazo estará enmarcado en corto tiempo. La verificación de la entrega tardaría meses. Las tropas rebeldes siguen en el centro del territorio y obstruirán el transporte de las armas al punto de la entrega en cuestión.

Todo indica que la historia volverá a romper los disimulos de su escoria.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan David Ochoa