Por: Julio César Londoño

Líneas nítidas

A estas alturas, debo haber leído varios centenares de libros. Leído u hojeado... y olvidado. Pero hay unas líneas que permanecen frescas siempre, como si las hubiera leído ayer.

Por ejemplo esta: “¿Quién habla de victorias? ¡Sobreponerse es todo!”, que podría servir de divisa a una escuela estoica. En un mundo que ha hecho del éxito un credo, Rilke nos recuerda que nuestro sino es tropezar y caer, y que nuestro deber consiste en levantarnos una y otra vez.

Cuando el fantasma de la muerte me acosa, lo espanto con este verso de William Ospina: “Hasta el más cobarde cruzará esa puerta”. Basta repetirlo, y el fantasma se esfuma. Al menos por unos días...

Hay un haikú de Borges (“¿Es un imperio / esa luz que se apaga / o una luciérnaga?”) que nos sorprende porque fue construido aplicando las leyes de la perspectiva al tiempo, no al espacio: si vista desde Plutón la Tierra es un punto, a cierta escala, en “cámara rápida”, un siglo es un instante.

Este verso opera por una mezcla de gracia y bondad en partes exactas: “Dios hizo al hombre para que el hombre pudiera acariciar al tigre”.

François Jacob, un médico con mejor pulso que Proust, descubrió que “el brujo y el científico se parecen: ambos tratan de explicar fenómenos visibles por medio de fuerzas invisibles”. Cuando uno piensa en el estrecho parentesco que une al alquimista con el químico, al astrólogo con el astrónomo, al geomántico con el geólogo y al cabalista con el matemático, entiende, quizá heréticamente, que Jacob tenía razón.

Millor Fernandes, uno de los pocos filósofos que ha reflexionado con humor, hizo otro descubrimiento notable: “El autor del alfabeto era analfabeto”. Lo leo y lo releo y no consigo entender cómo no se me ocurrió antes.

Esta dura línea vale por tres tratados de poética: “Toda la poesía mala es sincera”. No es de Wilde, es de W.H. Auden, pero tiene el espíritu de Wilde.

También me gusta esta ecuación de Paul Valéry: “Un edificio social es más sólido cuando menos fuerza necesita para sostenerse”. Deberían conocerla esos buenos hombres que viven clamando por un aumento del pie de fuerza.

El proverbio 30:18 reza: “Hay tres cosas que me son maravillosas, y una cuarta que no consigo entender: el rastro del águila en la nube, el rastro de la nave en el mar, el rastro de la serpiente en la roca y el rastro del hombre en la mujer”. Su potencia reside en que se apoya en la más poética clasificación de la ciencia, los cuatro elementos. El aire, el agua, la tierra, el fuego. Lo notable es que, al momento de ilustrar el fuego, el Autor no acude al rayo ni al sol ni a la ira sino a la forma más obsesiva del fuego, el sexo (uno puede blasfemar contra Jehová, pero negar su pulso como escritor es una necedad).

Para cerrar, este párrafo: “En el siglo VII un hombre montado en un camello y acurrucado entre dos sacos, uno de higos y otro de trigo, entró en Alejandría. Estos dos sacos, y por añadidura un plato de madera, constituían todas sus riquezas. Este hombre sólo se sentaba en el suelo, y no se alimentaba más que de pan y de agua. Había conquistado la mitad del Asia y del África. Había asaltado o quemado treinta y seis mil ciudades, aldeas, fortalezas y castillos. Había destruido cuatro mil templos paganos o cristianos. Había edificado mil cuatrocientas mezquitas. Había vencido a Izdeger, rey de Persia, y a Heraclio, emperador de Oriente. Este hombre se llamaba Omar y quemó la Biblioteca de Alejandría”. Y no dice más. El verboso Hugo despacha la tragedia en pocas líneas. Se parece al verboso Cervantes, que nos da la noticia de la muerte del Quijote en dos frases. Tal vez así es como deben tratarse los asuntos dolorosos. Rápido.

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