Por: Iván Mejía Álvarez

Llorones

Se quejan muchos dirigentes de que los ingresos se les están quedando cortos ante el crecimiento de los gastos. Ya no les alcanza la plata de la televisión, las taquillas, los patrocinios y en algunos casos hasta la venta de jugadores. La dirigencia del fútbol es proclive al llanto, casi todos sufren del complejo lacrimógeno y hacen parte de su idiosincrasia, de su manera de ser, la lloradera y la quejadera. Aplican bien aquello de que el que no llora no mama.

En algunos casos específicos pueden tener hasta razón. En otros, simplemente, los malos resultados económicos son productos de las malas planificaciones deportivas, de las malas negociaciones, de los equipos de medio pelo que terminan armando y que, por supuesto, con el correr de los partidos se van desmoronando y se llevan por igual la reputación del dirigente y la salud económica de la institución.

Un caso concreto: Millonarios. Tiene cuatro extranjeros y en los actuales momentos esos cuatro foráneos devengan altas erogaciones y están todos en el banco de suplentes. Vikonis terminó perdiendo el puesto, Maxi Núñez entra por momenticos, Koufatty es suplentón y el otro, Enzo Gutiérrez, no va ni convocado. ¿Cuánto le vale a Millonarios el pago de sus jugadores extranjeros, que cuando se los contrata es porque existe la convicción de que son mejores que los nativos? ¿Cuánto dinero se despilfarra en el pago de esos costosos suplentes? Ejemplo claro de una mala política de planificación de la nómina e ignorancia absoluta en el tema del mercado. Con razón, cada año el grupo inversor dueño del equipo tiene que meterle diez mil millones para seguir tapando el hueco y acrecentar su pertenencia accionaria.

Otro ejemplo diciente: Nacional. Contrató a dos ignotos jugadores llegados de Fortaleza, Franco y Vásquez, quienes son suplentes del suplente. Llegaron por esos curiosos y estrambóticos negocios del expresidente Juan Carlos de la Cuesta, del gerente Marulanda, del asesor presidencial Juan Pablo Ángel con el empresario Lucas Jaramillo. En un equipo que vendió activos importantes, jugadores que hacían parte de una nómina campeona, reemplazarlos por desconocidos futbolistas de un equipo del ascenso suena a un negocio imperdonable para las finanzas de cualquier club. Y así fueron los negocios de dos paraguayos, Velásquez y Ceballos, y la de Rescaldani. Y los dos últimos ya mencionados. Por eso, el dueño del aviso se hartó y los está liquidando.

Llorar, llorar y llorar, no les alcanza el dinero, pero el que tienen se lo gastan mal, no piensan en la empresa que les paga sino en sus operaciones, que dejan a más de un observador mirando para el techo y haciéndose preguntas sobre la lógica y la coherencia.

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