Por: Catalina Ruiz-Navarro

Lo político y lo correcto

La semana pasada, la Corte Constitucional emitió un fallo en el que se defiende a Héctor Sánchez quien, junto con sus padres, tuvo que soportar el matoneo y la discriminación de sus vecinos en Barranquilla por su orientación sexual durante 23 años. “Te voy a matar, marica hijueputa”, le decían a diario, y es evidente, por el contexto, que aquí la palabra “marica” se decía con sorna y odio, con intención de discriminación. Pero el fallo de la Corte no es contra una palabra, sino sobre su uso, pues la comunicación humana es tan compleja que podemos insultar y discriminar de múltiples maneras, y hasta con cosas tan mínimas como una mirada. Se trata de no caer en la trampa de perseguir las palabras, o las miradas, pensando que estamos atacando la discriminación.

Esto lo señala Moira Weigel en el periódico The Guardian, en un artículo publicado en noviembre del año pasado. Habla de lo atractiva que es esa idea de que unas fuerzas poderosas pero indefinidas, que están tratando de controlar todo, quieren callarte. En Colombia nuestro comodín suele ser “La Mano Negra”. El término “políticamente correcto” sirvió como un muñeco de paja, vacío, pero susceptible de adquirir cualquier significado, que resultaba fácil de odiar tanto para la izquierda como para la derecha. Y es que eso de “políticamente correcto” suena a que es falsamente correcto, a que lo que se dice, se dice solo para cumplir un acuerdo absurdo, que pretende ser amable pero que termina siendo tiranía. En cambio, lo “políticamente incorrecto” suena a que es muy valiente y muy frentero, “no te digo lo que quieres escuchar, sino lo que estás pensando”. Suena tan atractivo que con esa premisa ganó Trump. En Colombia ya hemos visto a Uribe, a Ordóñez y a quienes se aprovechan de los votos cristianos, usar también esta estrategia.

El truco consiste en que te dicen que respetar la diversidad, no ser racista, machista, clasista, sexista o misógino y usar lenguaje incluyente es “lo políticamente correcto” (la categoría cambia de contenido según la conveniencia). Pero la idea de que las feministas y los progresistas pretenden “imponer” una forma de hablar ha sido un truco muy inteligente. Y luego te dicen que el respeto por los derechos es el discurso dominante (lo cual es falso) y que discriminar es la nueva irreverencia. Así, los discursos hegemónicos y opresores se vuelven a legitimar como si fueran la rebeldía, dejando el statu quo intacto. Sí, pude sentir cómo torcían los ojos al leer “hegemónico y opresor” pensando “qué mamerta”, pues las palabras, aunque son correctas, llevan una estratégica carga negativa que lleva años de construcción cultural. El truco es muy efectivo y la derecha lo sabe.

De repente se redujo el lenguaje incluyente, incluso cuando se está usando de manera acertada, a una mojigatería farragosa que consiste en desdoblar sujetos y artículos en una frase. Es importante que el lenguaje incluya a todos los aspectos de nuestra realidad, pues el lenguaje se usa para contar el mundo. Cuando el lenguaje no incluye, no se está usando en todo su potencial. Y por eso, lo que llamamos lenguaje incluyente es el que hace énfasis en esas demografías que suelen estar ocultas por las formas del lenguaje masculinas, mal llamadas “neutrales”. Por supuesto, nadie dirá “tortugo y tortuga”, porque nadie es tan estúpido, y porque no hay “tortugas excluidas de la democracia en virtud de su género”.

Lo peor de este enemigo indefinido de lo “políticamente correcto” resultó atractivo para esos liberales y enfants terribles que se decían defensores extremos de la libertad de expresión. El mito lo engordamos entre todos. Caímos en la trampa de creer que defender la libertad de expresión, y con ella el derecho al insulto, era lo mismo que defender la discriminación. Pero si algo nos muestra el fallo de la Corte Constitucional es que no se trata de “corrección política”, sino de tomar responsabilidad por los efectos reales que tienen las palabras, y mucho más cuando esas palabras limitan el acceso legítimo a los derechos. Mejor olvidarse de lo político y simplemente entender que hacer lo justo, es lo correcto.

@Catalinapordios

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