Por: Ignacio Mantilla

Los animales como compañía, no como pertenencia

En días pasados, caminando cerca de mi casa, observé accidentalmente cómo un hombre de mediana edad que hacía deporte en bicicleta junto a su perro le propinaba fuertes puntapiés para obligarlo a continuar corriendo a su lado. No resistí ante la escena y le reclamé por el maltrato que le estaba dando al animal. Su respuesta fue: “No sea sapo”.

Hubiera querido filmar el incidente y buscar una sanción social en las redes, pero no tuve suficiente tiempo ni destreza para hacerlo. Tampoco encontré a un agente de policía para que interviniera. Lamenté también no estar en ese momento junto a Gauss, mi fiel, entrañable e inseparable perro compañero de caminatas: inquieto, alegre, ágil, de la raza border collie, que seguramente se habría solidarizado con el desdichado animalito, objeto de tal maltrato, como lo hace incluso con Gastón y Salomé, los gatos con los que tiene que compartir a diario en casa.

Ese hecho me ha motivado a reflexionar sobre la relación que hemos construido con los animales y la naturaleza en general, y que hoy más que nunca, de manera urgente, debe expresarse abiertamente, no sólo desde nuestras posturas académicas y científicas, sino como ciudadanos, ya que los seres humanos y los animales compartimos y habitamos el único hogar al que todos pertenecemos, el planeta Tierra.

Desde tiempos remotos los humanos hemos forjado una estrecha relación con los animales. Abundan ejemplos de personajes famosos, de dirigentes, de políticos, de intelectuales y pensadores que han combinado su importante trabajo con la atención a sus mascotas. Federico II de Prusia, el Grande, incluso pidió y logró que las tumbas de sus perros estuvieran junto a la suya en los jardines del Palacio de Sanssouci en Potsdam.

Entre los escritores son famosos especialmente los gatos, que con su comportamiento, que algunos califican de egoísta y desinteresado, han logrado seducir a quienes viven en el mundo de las letras. Podemos traer a la memoria los gatos Sansi y Monsi, de la escritora mexicana Elena Poniatowska, bautizados en honor a su gran amigo Carlos Monsiváis; Beppo, el gato al que Jorge Luis Borges le dedicó un par de páginas; Teodoro W. Adorno, no el filósofo integrante de la Escuela de Fráncfort, sino el gato que acompañó en su proceso creativo al escritor argentino Julio Cortázar. Y así podríamos seguir una larga lista de cientos de escritores, filósofos e intelectuales que han construido entrañables relaciones con los gatos, entre ellos Michel Foucault, Ernest Hemingway, Truman Capote y Ray Bradbury.

Los perros, en general, han sido recomendados para mejorar la calidad de vida de personas que padecen alzhéimer y otras enfermedades neurodegenerativas. La compañía de los animales es recomendada también para lidiar con la depresión, los problemas de concentración y aprendizaje en los adultos y los niños. Existen, por supuesto, algunos tristemente célebres como Laika, el primer ser vivo que orbitó la Tierra y que lamentablemente murió en el espacio, en el marco de la carrera espacial durante la Guerra Fría.

También son famosos los experimentos con perros de Iván Pávlov en el campo de la fisiología, además de la preocupante aparición reciente de perros azules en Bombay (India) debido a la contaminación presente en los recursos hídricos de la zona.

Hacia el otro extremo se encuentran quienes les dedican cuidados que muchas veces rayan en lo absurdo: sesiones costosas de masajes, mascarillas, comida gourmet y vestimenta especializada para cada día, casi que “humanizándolos”, lo cual, como señala la profesora Myriam Acero Aguilar en un artículo publicado el pasado domingo en UN Periódico, puede generar problemas de conducta.

“Tratar a un perro como a un ser humano también es maltrato animal”, bien lo señalaba en una entrevista en la revista Semana el famoso entrenador de perros César Millán.

Pero volviendo a la motivación de este escrito, me pregunto si la ausencia de compasión es un problema de empatía. ¿Cómo se puede maltratar a un ser vivo, escuchar sus quejidos y seguir hiriéndolo? Hay algo claro y es que los animales no son nuestra propiedad, sino nuestros compañeros. Creo que estamos en mora de un debate sobre nuestras relaciones con los animales y con los demás seres vivos.

Dos historias:

1. Obama se llama un tierno y ya viejo perro que vive en la Universidad Nacional, en el primer piso donde está el acceso a la Rectoría. Me recibe todos los días a las 6:30 de la mañana moviendo la cola y esperando recibir su merecida galleta, que lo he acostumbrado a exigir, de las mismas que compro para Gauss. Es todo un personaje que se ha ganado el cariño y el respeto de todos, incluso de quienes en algunas ocasiones logran bloquear el edificio, pero no se atreven a impedir su paso.

2. Arpe se llamaba una alegre cacatúa que tuve en mi casa durante un tiempo. Con su compañera formó una pareja feliz y tuvieron muchos hijos. Un día Arpe amaneció triste y no me quiso recibir el pedazo de ponqué Ramo que le daba todos los días al desayuno. Mi preocupación por su salud aumentó con las horas y me vi obligado a buscar un veterinario especialista en aves para que lo examinara. Fue difícil encontrarlo, pero finalmente en la Universidad Nacional me orientaron para encontrar uno que me ayudara. Así, Arpe recibió los cuidados que necesitaba, pero lamentablemente murió una semana después y el joven veterinario compartió mi tristeza, a tal punto que no quiso cobrar las consultas a domicilio.

* Rector, Universidad Nacional de Colombia.

@MantillaIgnacio

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