Por: Juan David Ochoa

Los artífices

Un país corrupto y carcomido por la guerra no nos dio otra versión de lo real más allá del resentimiento. No hubo posibilidad de interpretar la continuidad bajo el furor del idealismo. La crudeza tuvo que nombrarse con su legión de muertos y sus fosas desconocidas, con sus cuadrillas guerrilleras y sus pipetas de gas con materia fecal y veneno, con sus ejércitos de paramilitares sin sangre, con sus políticos obscenos sobre las viudas y de las tierras arrasadas que tenían el mismo resplandor de los votos.

La historia tenía una condena en espiral que seguiría tragándose otros cuerpos y otras tierras y otros años, y no quedaba otra margen que la crudeza resignificada y repulsiva. Un diálogo entre los límites del espanto resultaba aún más idealista y romántico que la misma esperanza estática, pero la última apuesta en los bordes de la esquizofrenia obtuvo finalmente la firma de los bandos que dejaron entre el polvo 200.000 muertos y siete millones de desplazados.

Los artífices de la firma, después los barrancos del lenguaje destrozado, tuvo la asesoría y la dirección de tres nombres tras el bloque del Establecimiento: Alvaro Leyva Durán, Humberto de la Calle y Sergio Jaramillo.

Juan Manuel Santos, en los bordes del fracaso de los diálogos, tuvo que ceder en la soberbia y sobre la negativa de contar con Leyva por ese viejo estigma de ser un aliado de Las Farc, ese ruido proveniente de los tiempos pérfidos de Pastrana, aun cuando era pública y consabida su afiliación entre el Partido Conservador, el ala más fiel a la arrogancia del Estado.  Se le abona a la Presidencia la sumisión a la trascendencia del tiempo sobre su mezquindad. Sin Leyva Durán, viejo conocedor de los caprichos de bando y bando, y de las pretensiones negociables de una guerrilla perdida en el tiempo, no hubiera llegado a ningún curso la negociación entre los momentos más crudos de la mesa y entre la catástrofe del plebiscito que los lanzó a la suerte de los nervios y el naufragio.

Y no fue nada trivial la dirección de De la Calle, quien sostuvo la diplomacia sobre toda la ruindad de una oposición delincuencial, sobre todas las injurias y los miedos internos en La Habana. Y nada común la frialdad de Sergio Jaramillo, el nombre que estuvo tras las etapas cruciales de las últimas décadas de los tres últimos gobiernos, entre la orquestación y la logística de la Seguridad Democrática y la fragilidad de la negociación de una guerra con una sevicia de medio siglo.

Pese a todos los atentados que sufrió el proceso con las argucias de los ultras y los cerebros de esos otros mercenarios que no salen aún de las sombras, resistieron. Las Farc cumplieron también desechando sus vicios retóricos, sus fábulas y su fundamentalismo. Después del resentimiento natural y de un círculo viciado de oscuridad y pesimismo, no es tarde en la Historia para que este país adolescente agradezca el trabajo de los tres artífices que le dejaron abierto su tiempo a la adultez tardía.

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