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Ignacio Zuleta 3 Jun 2013 - 11:00 pm

Los caprichos de la mente

Ignacio Zuleta

Un sabio —que portaba el sooro nombre de Nisargadatta— argumentaba: «¿Qué tiene de malo que la mente busque lo placentero y huya de lo desagradable? Pues que entre los bancos del dolor y del placer fluye el río de la vida. Y es un problema cuando la mente se rehúsa a fluir con la vida y se encalla en las riberas».

Por: Ignacio Zuleta
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La tendencia a huir de lo repulsivo y sentirse atraído por lo placentero, en sánscrito se llama Raga-Dwesha. Sobre esta particularidad de la mente se han escrito tratados enjundiosos hace siglos, pues se considera una aflicción: al apegarnos a aquello que nos gusta o no nos gusta, encallamos en los bancos del río de la vida, en lugar de fluir hacia adelante y por el centro.

Esta atracción-evasión constituye una dicotomía siempre presente, un par de opuestos entre los que oscila sin cesar la mente rudimentaria, como lo constata quien logre observar con desapego, y sentido del humor, sus procesos mentales. Muchos de los pensamientos espontáneos, mucha de la cháchara incesante que está en nuestra cabeza, es para acotar, apenas sirve para acotar: “me gusta” o “me disgusta”. El cerebro parece entretenerse sin cesar en este juego infantil que se convierte en una esclavitud. Cuando en las filosofías orientales se habla de “liberación”, se refieren en gran parte a trascender este patrón de la mente que no deja que haya paz en el interior.

Esa dicotomía pertenece a los procesos instintivos. Esta parte de la mente diseñada para la supervivencia, es como un niño que se engolosina con sus juegos sin saber que lo son (y lo que son). Pero en la psicología yóguica, que comparten el antiguo budismo y la moderna psicología transpersonal, hay, sin embargo, una facultad más evolucionada de la mente, más intuitiva y madura, que es capaz de observar de manera objetiva incluso el funcionamiento de esa otra parte del proceso mental primario. Se la llama El Testigo, o el-que-mira-objetivamente, y cultivarlo es un paso hacia la sabiduría, que se ríe de sí misma como sólo puede hacerlo la mente superior que no se enreda en las minucias predecibles del “me gusta” o “no me gusta”.

El yoga dice que los gustos y disgustos provienen de la sensación de yo y mío. Cuando nos identificamos de manera necia con los instintos, en los que el ego es un tirano, efectivamente quedamos alienados, y adictos a ellos. Cuando, en cambio, a través del discernimiento y el desprendimiento, operados por la mente superior, no nos prestamos al juego de la mente, la dicotomía placer-dolor pierde su fuerza. Y con ello recobramos la paz, a la que no se accede si los embates de la mente se encajan con el ego.

Otras vías alternas o complementarias para salir del círculo vicioso incluyen la devoción y el servicio desinteresado. El amor a Dios y el amor al prójimo son atajos a través del corazón en donde no reinan los caprichos de la mente. La intensidad del fuego de ese amor incinera las dicotomías, vuelve el ego cenizas y, como lo corroboran los místicos, los poetas y los enamorados, en ese estado el alma ya no distingue entre gusto y aversión, ni le preocupa.

 

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