Por: Héctor Abad Faciolince

Los carritos de la humildad

HAY BASÍLICAS BARROCAS OSTENTOsas, catedrales góticas majestuosas y modestas capillas románicas. A los creyentes les pueden gustar más las unas o las otras y pensar que esta o aquella son más aptas para orar y transmitir el mensaje evangélico.

Se asocia más la simplicidad de lo románico con una orden como la franciscana, que se inspira en el pobrecito Francisco de Asís. Y obviamente se asocia más a la compañía de Jesús (nacida en el apogeo del Imperio español) con la grandeza exagerada de lo barroco. Este papa jesuita que se puso de nombre Francisco, que rechaza el oro y prefiere la plata, y que sin embargo despacha desde un palacio vaticano monumental, lanza un mensaje esquizofrénico: pertenece a una iglesia inmensamente rica, pero quisiera mostrarse como el pobrecito que no es. Por eso acaba de recibir y de manejar un Renault 4 por las calles del Vaticano. A esto se añade la nacionalidad del sumo pontífice: se sabe que “argentino modesto” es un oxímoron.

 Al humilde sincero y auténtico se lo admira; al que posa de humilde se le acusa de falsa modestia. Hay quienes admiran los signos externos de riqueza y poder (palacios magníficos, automóviles ostentosos); y hay quienes desprecian esa ostentación como algo humillante en un mundo repleto de pobres. Hay quienes celebran que el papa maneje un Renault 4 viejo con sus propias manos, y hay quienes nos preguntamos qué necesidad tiene él de manejar y de quedarse probablemente varado al borde de una carretera por andar posando de pobre. Uno no cree que un presidente (pienso en el de Uruguay) o un papa tengan que andar preocupados por el agua del radiador de un carro que se recalienta, ni por el punto en que debe quedar cocida la pasta —porque se cocinan su propia comida—, sino que su tiempo estaría mejor empleado si se dedicaran a los asuntos para los cuales los escogieron: gobernar un país o un imperio religioso.

Mujica y el papa, con sus carritos viejos que escupen humo negro, ¿son auténticamente humildes o hábiles populistas que usan esos signos como mensajes cuidadosamente calculados que los hagan ver más grandes ante el mundo? Si el embajador de Uruguay ante el Vaticano recogiera al presidente de la República en el aeropuerto de Fiumicino en un viejo Fiat 500 (Topolino) y amarrara con cabuya las maletas sobre la parrilla del techo, ¿veríamos en eso una muestra de austeridad del Estado, o una especie de tacañería llevada hasta el punto de la ridiculez?

Si la Iglesia Católica quisiera de veras ser humilde, pienso yo, empezaría a pagar impuestos sobre sus bienes inmuebles. Renunciaría a las exenciones que les dan muchos estados del mundo y pagaría impuesto predial a las ciudades por templos y palacios. Vendería sus inmensas propiedades terrenas y terrenales, y repartiría el producido (billones de dólares) entre los pobres del mundo. Las monjas donarían sus terrenos urbanos para parques públicos. Vendería los bancos de los cuales la Iglesia es socia o propietaria (donde se lavan ingentes fortunas de dudosa proveniencia) y construiría hospitales para quienes ellos consideran su “opción preferencial”.

Pero obviamente lo anterior sería imposible. La Iglesia es un aparato burocrático muy caro, un inmenso engranaje global que necesita montañas de oro para poder funcionar. Es más fácil aparentar pobreza con signos exteriores que halagan a la multitud (un R-4 decrépito), que volver a los orígenes de una pobreza auténtica y real. El papa se sienta en un trono, y no en el suelo. Los presidentes mandan desde un solio y despachan desde palacios. Si quieren vivir en chozas y desplazarse en carritos viejos, lo hacen como un gesto para la galería. Jesuita e hipócrita eran palabras sinónimas en el siglo XVIII. Tal vez la palabra esté recobrando su vieja acepción.

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