Por: Hernando Gómez Buendía

Los cuatro odios

Las elecciones no se ganan con razones. Se ganan con pasiones.

Esto al menos es lo que han concluido los asesores de campaña que, aprovechando los avances increíbles de la neurociencia y el marketing, diseñan cada palabra y cada imagen del candidato para halagar los prejuicios y mover los sentimientos de los electores.

Esas pasiones profundas de la gente explican el brexit, o la elección de Trump, o la de Macron, o la derrota de May esta semana. El miedo a los migrantes, o a los terroristas, o a la globalización, contra el miedo al brexit, o a Trump, o a la derecha en Francia.

Las pasiones explican también las elecciones en Colombia. La victoria del No en el plebiscito, el casi empate entre Zuluaga y Santos, su primera elección como alter ego de Uribe y —por supuesto— las dos victorias aplastantes de éste, fueron el fruto de la pasión favorita de los colombianos: el odio hacia las Farc.

Y sin embargo el rasgo más notable de las presidenciales que están comenzando es la falta de pasiones: los precandidatos son todos segundones o funcionarios grises que no tienen carisma ni saben dónde hallarlo.

Algunos —como el otrora favorito Vargas Lleras— le apuestan a la mermelada y a la maquinaria, es decir, a intereses concretos y a cálculos de bolsillo. Vargas podría ganar si nadie más encuentra una bandera y si entonces predomina la abstención. Pero los otros candidatos andan precisamente en busca de bandera, de una pasión que mueva a millones de votantes.

Y la pasión más obvia sigue siendo el odio hacia las Farc. Esto parece absurdo ahora que las Farc se acabaron y que todos sabemos que reformas sociales no va a haber. Pero así y todo la consigna de Uribe con sus subtenientes es “hacer trizas” el Acuerdo del Colón, y “defender la paz” es el eslogan de Santos con su alfil De la Calle y sus varios tenientes en el oficialismo.

Aunque la mayoría de los encuestados sigue oponiéndose a la impunidad para las Farc, yo no creo que al Acuerdo le alcance la cuerda para elegir al nuevo presidente. O en todo caso ya empiezan a asomarse otros tres odios que en su momento podrían decidir las votaciones:

—Está primero el odio hacia todo lo que afecte la familia, los papeles de género y la moral sexual tradicional. Entre el 60 % y el 90 % de la gente rechaza el matrimonio igualitario, la “ideología de género” y el aborto a voluntad: lo suficiente para ser presidente, como pretende el “candidato de la familia”, con el apoyo de las 5.374 iglesias que existen en Colombia.

—Mientras el odio a las Farc y a los gais son banderas de derecha, los candidatos de centro tratan de apelar al odio hacia la corrupción. Ellos le apuestan a la rabia que despierta un sistema político podrido, y al fin y al cabo nuestros momentos cívicos — la Constituyente del 91, el galanismo, la ola verde de Mockus— fueron intentos de “acabar los vicios de la clase política”. Pero por eso mismo dudo yo de que los “cívicos” derroten esta vez a los políticos de oficio.

—Y hacia la izquierda está el odio que nadie llama por su nombre, que nadie mide y que tiene sin embargo mucha fuerza: odio de clase. De arriba para abajo la discriminación por origen social, el autoritarismo, el racismo, el machismo y el abuso de poder en la vida cotidiana; de abajo para arriba las protestas en aumento, la rabia de los excluidos y ese resentimiento sordo que se constata en las calles y en los campos.

Son las bombas de tiempo de Colombia.

* Director de la revista digital Razón Pública.

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