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Eduardo Barajas Sandoval 14 Mayo 2013 - 12:28 pm

¿Con los días contados?

Eduardo Barajas Sandoval

Hay gobernantes que, con media nación en contra, parecen tener los días contados, aunque también hay momentos en los que no se sabe si están más cerca de irse o de quedarse en el poder.

Por: Eduardo Barajas Sandoval
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En condiciones de profunda división nacional, las razones para que un presidente se mantenga en su lugar terminan por ser tan válidas como las que justifican su salida. Hay regiones de equilibrios tan delicados que los factores externos pueden jugar en las disputas internas un papel fundamental. Entonces, y ante el derramamiento de sangre, aparece el dilema de actuar a través de terceros o de intervenir directamente de una vez. De lo que no hay duda es de que hay que actuar.

Hace dos años parecía existir consenso en cuanto a que los días de Bashar al Assad en el poder estaban contados. Las cábalas se orientaban entonces a los posibles escenarios del post conflicto, costumbre de hacer cuentas alegres cuando se incurre en la simplificación de las cosas y se omiten las complejidades de los procesos históricos, por desconocimiento o simplemente porque el deseo se pone por delante de la razón.

Al precio de la destrucción del país, Assad sigue al mando de uno de los bandos de su propia nación, y no ahorra esfuerzos para ultimar a quienes se opongan a la continuación de su dinastía. La guerra civil sangrienta, por la que tanto se temía hace dos años, y que servía de argumento para la búsqueda un arreglo interno, no ha hecho sino avanzar con manifestaciones inenarrables de crueldad. El vacío de poder, que se decía podría traer consecuencias gravísimas, se ha dado ya porque el control del presidente sobre las cosas es precario y nadie puede decir que Siria es hoy un país bajo un mando claro. El conflicto regional, que por entonces se temía, tampoco ha estallado para hacer volar en pedazos el precario orden del Medio Oriente, pero tal vez éste sea ahora el peligro más grande a la vista, porque las condiciones que llevarían a ese resultado no hacen sino aumentar.

La reacción de la comunidad internacional frente al problema no había cambiado, hasta ahora, en las grandes líneas. La simpatía con los rebeldes no llegó a convertirse abiertamente en ayuda militar. La imposibilidad de obtener un mandato de las Naciones Unidas para intervenir, debido a la sólida e inamovible posición de China y Rusia en el Consejo de Seguridad, bloqueó la legitimidad de cualquier intención de intervenir, como se hizo, al menos en los papeles, en el caso de Libia, que resultó más fácil y más contradictorio de lo que cualquiera hubiera podido pensar. La insuficiencia tanto de los buenos oficios de un enviado especial, como de los esfuerzos de los países árabes, ha demostrado que, por las buenas, no parece ser posible producir un resultado distinto que el del agravamiento de la confrontación.

Todo lo anterior permite que Assad haya seguido, bien que mal, en el poder, dispuesto a usar las armas que estén a su alcance, incluyendo las químicas, se dice, para ganar una guerra que, en todo caso, ya dividió al país. Sus aliados políticos y militares, como Hezbollah, han avanzado sin contrapeso y se han convertido de manera abierta en parte del conflicto, dándole en realidad carácter internacional por sus apoyos y sus propósitos, que van mucho más allá de la solución del problema sirio y se proyectan, con la línea y las afiliaciones que le son propias, a toda la región, con un ítem fundamental: la idea alucinada de borrar del mapa a Israel.

Las declaraciones del presidente de los Estados Unidos, en el sentido de apoyar la realización de una conferencia sobre la paz en Siria, que tendría lugar en Ginebra en pocas semanas, con participación de Rusia, abre de pronto un camino hacia la solución de una guerra interna que tiene ya todos los ingredientes listos para una escalada que puede revelar lo que está debajo: una disputa internacional de amplias proporciones. Al hacer el anuncio en reunión con el Primer Ministro británico, el presidente Obama ha mencionado una premisa elemental que hace mucho se ha debido escuchar desde una fuente creíble de poder internacional: la salida de Assad. Si Putin llega a estar de acuerdo, como todo parece indicar, la flexibilización de la posición rusa permitiría pensar que el obstáculo de la obstinación de Assad de quedarse en el poder, sin que le importe el honor de su patria ni la defensa de la vida de sus ciudadanos, encontrará un obstáculo difícil de remover.

En lugar de que Israel, en ejercicio de su legítima defensa a existir, Turquía, arrastrada por los recientes acontecimientos, Hezbollah como agente de Irán, y éste último como interesado en no perder espacios en el Oriente medio y en cumplir con lo que considera sus designios históricos, entren todos a actuar por su cuenta en un desorden descomunal, la conferencia que se anuncia puede ser la ocasión de un arreglo que le evite al mundo no se sabe qué catástrofe hasta ahora inédita. Si las potencias que queden no sirven para algo más, que por lo menos se ocupen de este tema, que es de los que de verdad vale a pena tratar.

  • Eduardo Barajas Sandoval | Elespectador.com

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Opinión por:

mayoriaspensantes

Mie, 05/15/2013 - 00:04
Panfleto a favor de las potencias expansionistas
Opinión por:

Chuang Zu

Mar, 05/14/2013 - 19:09
Tema muy difícil de comentar, a juzgar por el vacío de opiniones.
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