Por: Julio César Londoño

Los escenarios de La Habana

Todos los analistas coinciden en que el resultado de las elecciones presidenciales del 25 de mayo de 2014 depende en buena parte del avance de los diálogos de La Habana de aquí a diciembre.

Oí que el Gobierno ya está pensando en una “agenda mínima”; que ante la lentitud de la negociación, se la jugará a fondo por la evacuación de sólo dos puntos en lo que resta del año: participación política de las Farc y fin del conflicto. Un acuerdo preliminar en el primer punto y unas firmas históricas sobre el segundo, tendrían impacto mediático y pueden generar una onda de entusiasmo nacional de benéficas consecuencias.

Aunque suene demasiado bonito, hay razones para pensar que este escenario puede ser una realidad. Los acuerdos previos entre las partes en el primer semestre de 2012, un gobierno comprometido con la paz y necesitado de aire, y unas Farc golpeadas y conscientes de que no pueden dilapidar otra oportunidad, son razones suficientes para mirar las cosas con optimismo.

El peso militar y político de las Farc ha bajado bastante desde el notable “pico” alcanzado entre 1994 y 2002 (Samper-Pastrana-Caguán) y podemos aventurar que en una próxima negociación (¿2023?) sus acciones estarán mucho más devaluadas.

Es claro que si nada extraordinario sucede, Santos será reelegido. Con “extraordinario”, me refiero al destape de un escándalo mayúsculo en el Gobierno o a una hecatombe fabricada por las facciones extremas de nuestro siniestro espectro político.

Claro que el poquerista de Palacio tiene un plan B… pero no es Vargas Lleras. Si los diálogos de La Habana fracasan en diciembre, el presidente (que ya habrá anunciado su postulación a la reelección en noviembre) esperará la primera atrocidad de año nuevo de las Farc e irrumpirá en las pantallas anunciando, furioso, “una escalada ofensiva nunca antes vista contra las Farc”. Con esto le arrebatará a Uribe la bandera de la guerra, el pobre tendrá que articular un vocablo que le causa erupciones en la piel, paz, y los grises candidatos del Centro Democrático, sombras de un espectro, quedarán aún más desdibujados (por ahora están por debajo de los precandidatos de izquierda en las encuestas de favorabilidad).

Son grises y repugnantes. Sus “argumentos” serían chistosos si sus objetivos no fueran tan viles: ¡que el presidente es terrorista, comunista y chavista! (mañana dirán que es el líder de Al Qaeda para Latinoamérica). ¡Que les va a entregar el país a las Farc! Da rabia ver el cinismo con que reclaman justicia luego de que pisotearon todos los códigos. Duele ver cómo le apuestan al fracaso de esta administración y de los diálogos sólo para recuperar el poder, redondear fechorías y eliminar evidencias.

El escenario “Santos versus Santos” sería una oportunidad servida en bandeja para la izquierda. Una ocasión perfecta para recordarle al electorado que la derecha ya demostró su ineptitud durante 200 años de exclusión, guerras, miseria, chanchullos e inequidad, y que nadie, ni siquiera la izquierda, puede hacerlo peor.

Pero todo parece indicar que la izquierda, esa eterna adolescente, no está preparada para tan suculento papayazo. Sus líderes están perdidos en pequeñas y mezquinas divisiones intestinas.

Así las cosas, las Farc no son esta vez el árbitro de las elecciones presidenciales. El presidente tiene dos banderas listas en la manga: una blanca y una negra. Las Farc pueden seguir jugando al lento “tiempo de la selva”. Santos sabe que los estados en general, y el colombiano en particular, pueden ser mucho más lentos... y más astutos.

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