Por: Juan Gabriel Vásquez

Los espiados voluntarios

“Deploro la falta de privacidad en Internet”, dice un hombrecito indignado en una caricatura que he visto recientemente. Y luego añade: “Así como mis 5.000 amigos de Facebook”.

En una caricatura de Mike Luckovich, un joven con pinta más bien inocentona está hablando con Mark Zuckerberg. “Me alegra que Facebook se esté tomando en serio el asunto de la privacidad”, le dice. Zuckerberg, con su cara de niño un-poco-travieso-pero-no-tanto, se inclina hacia un hombre vestido de negro y le dice: “Nudista, casado, 75 mil anuales, bebedor, dueño de una minivan, coleccionista de Beanie Babies…” El hombre de negro escucha con interés. Hay una sola palabra escrita sobre su ropa: “Publicista”.

Ahora se levanta indignada la población de medio mundo —se acaba de enterar de que ha sido espiada por los servicios de Seguridad Nacional de Estados Unidos—, y el espectáculo es fascinante: nadie parece preguntarse demasiado si no habrá alguna relación, oblicua y ambigua pero no por eso menos cierta, entre el actual estado de nuestro mundo orwelliano y nuestras propias costumbres informáticas. Puede ser cosa mía, pero a veces me parece que la rápida indignación ante el espionaje gubernamental no se compadece con la constancia y el entusiasmo con que hemos deteriorado las fronteras de nuestra propia intimidad, entregando información sin pudor ni prudencia. No se me escapa, claro, que la analogía no es exacta: uno puede dedicarse a su Facebook obsesivamente, ejercer con dedicación y alevosía ese exhibicionismo patético que ejercen muchos, y después rechazar la intromisión de otro (y con más razón si el otro es su gobierno). No, no se me escapa: después de todo, la definición misma de privacidad es el derecho de cada ciudadano a controlar lo que los otros saben de él. Si él quiere inundar un lugar público con informaciones sobre su vida y sus gustos y sus manías, no por ello renuncia a ese otro derecho: no ser espiado por su gobierno.

Pero uno podría pensar, también, que la privacidad no es una frontera material, tangible y claramente definida. Es un concepto: maleable y cambiante, dependiente de eso que se llama la mentalidad colectiva y también de esa otra fuerza extraordinaria que llega incluso a informar o dictar las leyes bajo las que vivimos: la costumbre. Y somos nosotros, eso que antes se llamaba la sociedad de consumo —qué vieja se ve la expresión: le salen arrugas por todas partes—, quienes hemos levantado el umbral de tolerancia frente a los intrusos. Nadie, y mucho menos el mundo tecnólatra, ha opuesto la más mínima resistencia: han abierto la boca, admirados, y han dicho lo que el hombre de la caricatura: “Me alegra que se lo estén tomando en serio”. Hace meses me encontré otra caricatura más. En ella, una mujer joven teclea en su computador, y sobre la pantalla se elevan las palabras “gustos”, “preferencias sexuales”, “problemas familiares”, “ideas políticas”. La mujer dice: “Naturalmente, espero que todo esto quede estrictamente entre nosotros”.

En un dibujo de El Roto se ve una pantalla conectada a la pared. Debajo, esta línea: “Yo tenía vocación de ventana al mundo, pero me conectaron con el esfínter”.

Pero este dibujo no viene a cuento. No sé por qué lo he recordado ahora.

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