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Héctor Abad Faciolince 22 Dic 2012 - 3:11 pm

Los fanáticos, los tibios

Héctor Abad Faciolince

Para el fanático somos tibios todos aquellos que no compartimos sus ideas fijas.

Por: Héctor Abad Faciolince
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En estas semanas de discusión sobre basuras y tierras, lo que hemos vivido es, precisamente, la exhibición de dos fanatismos cerrados: el de los defensores a ultranza de lo público —y de que el Estado entre a saco a expropiar a los ricos— y el de quienes se aferran con los dientes a sus privilegios, no importa si han sido obtenidos con trabajo abnegado o por desplazamiento y abuso. Para el fanático, todo acuerdo es una rendición; llegar a un convenio es claudicar y venderse al enemigo. Al fanático lo ciega su ideología, que en general no es otra cosa que el disfraz de su codicia o la máscara de su resentimiento.

Creo que el fanatismo se expresa a cabalidad en la terquedad estatista con que el alcalde Petro ha enfrentado el problema de las basuras, y también en la tozudez del presidente del gremio de los ganaderos, José Félix Lafaurie, que se niega siquiera a discutir en un foro público el asunto de la propiedad de la tierra. El alcalde pretendió suplantar la realidad con sus deseos, y estatizar de la noche a la mañana la recolección de las basuras. Sacó a todos los privados que, bien o mal, venían haciendo ese trabajo, y hasta que una estela de lixiviados y basuras no amenazó con sepultar a Bogotá en la podredumbre, no se dio cuenta de que su intransigencia lo llevaba al suicidio.

La experiencia histórica del mundo moderno, la mirada crítica hacia los modelos económicos menos malos llevados a cabo en algunos países, deberían llevarnos a concluir que los modelos mixtos (iniciativa privada, control estatal, empresas estatales en algunos servicios públicos prioritarios) son los que funcionan menos mal. El siglo XX fue el escenario de todos los experimentos políticos. El mundo experimentó el mesianismo fascista, el integrismo religioso, la utopía comunista, el delirio consumista, la dictadura del capital financiero… lo que quieran. Cuando en la Unión Soviética se impuso la idea de la tierra colectiva —en cooperativas campesinas dominadas por el Estado, donde el trabajo duro o la iniciativa individual no se veían recompensados con ningún reconocimiento material del mérito y del esfuerzo—, la producción cayó y la calidad de los productos se fue al suelo. Sin competencia libre y sin comercio, las economías comunistas han sido un fracaso. La explosión económica de China se dio cuando se permitió que algunos se enriquecieran sin cortarles los brazos. Lo que allí impera ahora es el sueño de muchos derechistas: buen ambiente para los negocios y el Estado encerrado en el puño férreo de una pequeña casta política que limita todas las libertades públicas.

Cuando el modelo ha sido típicamente plutocrático —que los dueños del capital hagan lo que quieran sin control estatal y con impuestos ridículos—, los muy vivos especuladores han terminado por robarse la plata de los bobos que ahorran o que producen bienes y riqueza. La crisis del capitalismo financiero —en los Estados Unidos de Bush, y aquí mismo— se debe a un exceso de “dejar hacer” a los más ricos. Esto es lo que ha pasado con la propiedad de la tierra en Colombia: este ha sido el paraíso y la dictadura de los terratenientes sin ningún compromiso. Propiedades inmensas con ganadería extensiva, pocos peones sin siquiera las mínimas prestaciones sociales, impuestos prediales ridículos, pactados con alcaldes obedientes a los hacendados. No creo que toda la tierra deba estar en manos de pequeños o medianos campesinos; los negocios agroindustriales requieren extensiones e inversiones grandes. Pero tampoco es viable un modelo de pocos propietarios de grandes haciendas, sin propiedad campesina. Para la paz, muchos acaparadores de hoy deberán ceder tierras mañana.

Pero claro, éste es el pensamiento moderado de un tibio. Y los fanáticos vomitan a los tibios. Tanto los comunistas como los capitalistas nos consideran asquerosos. La tierra del medio tiene muchos enemigos.

 

 

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