Por: Catalina Ruiz-Navarro

Los gallos

Cuando Néstor Morales se fue para las mañanas de Blu Radio se llevó el exitoso formato de Hora 20, en el que gladiadores de la lengua saltan al ring a deshuesar el escándalo de turno, con un ligero cambio: ahora los panelistas serían siempre los mismos: Felipe Zuleta en el rol de “el cachaco sin pelos en la lengua”; Héctor Abad Faciolince como “el liberal culto”; Nicolás Uribe, “el conservadurismo moral”; Paloma Valencia, “el uribismo teocrático”; Aurelio Suárez como “la izquierda”, Héctor Riveros, “el político periodista”, y Laura Gil como “la experta informada”.

Con el paso del tiempo, el formato se fue haciendo pesado. Morales cada vez es menos moderador y más panelista y hay que tener mucho estómago para levantarse cada mañana escuchando peleas que harían vibrar a la mamá de El Flecha en Lorica. Como oyente, muchas veces cambié el dial, exasperada específicamente por el trato que le daban al aire a Laura Gil. “Néstor, déjeme hablar” se estaba volviendo el nuevo “Julito, no me cuelgue” de la radio colombiana, como bien lo dijo en Twitter el periodista Jorge Espinosa. No era sólo que no la dejaran hablar. Cuando no estaba de acuerdo, Zuleta descalificaba las opiniones de Gil diciéndole “cálmese”, “no grite”, “no se exaspere”, “eso es desvariar”, es decir, tratándola como si fuera una mujer histérica e irracional cuando toda la audiencia podía escuchar que Gil continuaba con un sorprendente ánimo reposado —que a lo largo del programa iba mermando en energía, apabullado por el matoneo machista—.

Cansada de los malos tratos, y en un momento especialmente tenso por sus opiniones sobre el conflicto con Nicaragua —inconvenientes para el populismo patriotero del Gobierno—, Laura Gil decidió renunciar. Ante los rumores de censura, Morales y Zuleta intentaron probar que no la trataban mal. Para mostrar su bondad y buenas intenciones le montaron una emboscada al aire en donde le preguntaron insistentemente si se sentía censurada (tan sapa, tan llorona, quéjese en público, a ver) y Gil, incómoda, sólo logró decir que Zuleta era muy grosero con ella. Para nada, dijo Zuleta, así son los debates: caldeados. Sí, claro. Pero Zuleta nunca le habló con tan sistemática altanería a Héctor Abad, Aurelio Suárez o ningún otro panelista. No es una opinión. Todos lo escuchamos y está grabado.

Lo que hacía Zuleta con Laura Gil suena a una forma de abuso psicológico bautizada gaslighting y usada con demasiada frecuencia por agresores machistas. El gaslighting consiste en hacerle creer al oponente que está loco, que nada está pasando, que nadie lo está agrediendo, que todas sus quejas son exageraciones; hasta que la víctima cree efectivamente que no pasa nada “que no había censura, pero sí era muy grosero conmigo”. Si les parece “muy histérico” definirlo como abuso psicológico, la Ley 1010 de 2006 reconoce que la persecución laboral es “toda conducta cuyas características de reiteración o evidente arbitrariedad permitan inferir el propósito de inducir la renuncia del empleado o trabajador, mediante la descalificación, la carga excesiva de trabajo y cambios permanentes de horario que puedan producir desmotivación laboral”.

Una emisora cuyo “programa para chicas” se llama Agenda en tacones debería poner más atención a las acusaciones de machismo. Blu Radio se vende como una opción diferente, pero ni siquiera escapa a la misoginia mañanera. En los programas de opinión colombianos son pocas las mujeres. También son poco frecuentes los analistas sensatos y bien informados. Laura Gil es ambas. Sin ella sólo le queda a la audiencia levantarse con el insufrible cacarear de los gallos más gallitos de la gallera.

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