Por: Nicolás Rodríguez

Los habitantes de las tierras baldías

Cuando Alejandro Ordóñez afirma que hay “una deuda histórica” con el Catatumbo, uno no sabe si lo mejor es preocuparse. Dicho por el procurador, el amigable argumento puede no ser una simple y desinteresada concesión.

Por el contrario, si se la lee con cuidado es posible que la humilde expresión de tío bonachón pase a convertirse en un gesto de lucha tan violento como el de cualquier empresa de colonización.

Para empezar, el procurador se siente con la autoridad para disponer del calendario y decidir a quién es que la historia le debe. Con lo que de seguro podrá explicar no sólo qué es lo que se les adeuda, sino quiénes son los que se encuentran atrás en la historia. Los rezagados, que acaso sean los mismos que no pueden hacer su propia historia. Los sin historia.

Con esas ínfulas de emperador (y ese discurso de conquistador), además de la historia el procurador se adueña de la geografía. Al hablar del tiempo, lo hace como cualquier terrateniente lo haría de la tierra: atrincherado en su finca, en su feudo, decide cómo es que funciona el resto de la comarca. El procurador pone la hora de Bogotá y exige que toda Colombia se sincronice.

“Una deuda histórica”, en estas lides, no es otra cosa que un llamado avasallante a que entren las fuerzas del progreso (con la ayudita del bloque Catatumbo y sus hornos crematorios, como en efecto ocurrió) a ocupar tierras y disponer de quienes las habitan. A hacer historia (y saldar la deuda).

Tierras que además, desde el mismo centro en que el procurador les da cuerda a sus relojes, el gobierno designa como “baldías” y promete adjudicar. Tierras con dueños cuyas historias no cuentan. Y que si es preciso, van a ser contadas con expresiones como que “Arde el Catatumbo”, de tan salvajes y violentos son sus habitantes. Los habitantes de las tierras baldías.

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