Por: Juan Manuel Ospina

Los hombres buenos

En el entierro de Miguel Vásquez, un hombre sencillo pero sabio, descomplicado en su vida personal pero jugado frente a los demás, en especial los invisibilizados por una sociedad miope y desposeída de grandeza, inhumana y egoísta, que ha perdido el sentido de la dignidad, pensé que en nuestra actual decadencia y malestar como sociedad juega un papel importante la obsesión por las normas, por las formas, con el consiguiente olvido de lo esencial, que es la gente.

El formalismo de los códigos y las prohibiciones imperantes en esta sociedad enferma de corrupción, corroída por la envidia y la injusticia,   suplantó a las personas que con sus sentimientos, sueños y compromisos son las que les dan el sentido y el contenido real a las instituciones sociales y estatales. Parecería que nos sobran abogados, que no juristas que son bien distintos, y nos faltan humanistas. La sociedad, el estado y sus instituciones tienen el alma de las personas que las conforman. 

Miguel era un hombre bueno, firme hasta la terquedad en sus convicciones lo que es exótico  en un mundo  entregado a  las conveniencias, hijas del  egoísmo y el cortoplacismo. Miguel creía y esas creencias animaban y le daban sentido a sus actuaciones, a su vida. Y porque creía era un hombre bueno y un verdadero servidor público, que no simple funcionario. Su compromiso era con la justicia y la dignidad,  con lo que es  trascendente  en las personas. Así lo reconocieron  en su entierro los voceros compungidos de indígenas y negros a quienes dedicó su vida,  su compromiso como persona y como servidor público. Contaron cómo encontraron en él al amigo que escuchaba y acompañaba, que los entendía y respetaba; al jurista consagrado a hacer valer  sus derechos desconocidos – fue fundamental en la concepción de la ley 70 para las negritudes -; al funcionario que impulsó en la Alcaldía de Lucho Garzón el proceso que culminaría en la política pública distrital para afros e indígenas y luego en el Incoder las titulaciones colectivas de tierras para esas poblaciones. Oyéndolos en su dolor y gratitud, pensé que el verdadero servidor público es ante todo una persona buena, pues nadie da lo que no tiene. Nuestras normas y nuestros organismos de control olvidan o desconocen este principio sencillo pero fundamental. Paz en su tumba.

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A propósito del drama sirio, escuché una importante entrevista que el muy bueno y culto periodista norteamericano Charlie Rose  le hizo al Presidente Bashar-asad, la única que le ha dado a un occidental. En ella es evidente que la tragedia del Medio Oriente tiene dos elementos fundamentales, que hacen suicida e injustificada la intervención  de Occidente, léase Estados Unidos, en la guerra. La primera es que en las raíces del conflicto se encuentra  la reacción de  grandes y antiguas culturas,  la árabe y la persa, a que les impongan un modelo de modernidad ajeno a ellas e importado de los Estados Unidos.  La segunda es que se trata de  una cultura  con un  componente religioso musulmán  dominante,  que le da al conflicto su carácter de cruzada, de lucha contra el mal, contra “el demonio occidental”. En la región,  el conflicto se vive como  una verdadera guerra fratricida entre sectas musulmanas, chitas y sunitas, en  lucha por el poder, pues en el mundo musulmán religión y política están indisolublemente ligadas;  detrás de los ayatolas y las mezquitas enfrentadas, está la eterna lucha por la dominación y el poder.

Recordé al respecto, observaciones pertinentes del profesor de la London School of Economics y de Oxford, y pensador conservador, John Gray: “Las sociedades occidentales son gobernadas por la creencia de que la modernidad es una condición única, que se da siempre y en todas partes de la misma manera y que es siempre favorable.” Afirma igualmente que Al Qaeda es un subproducto de la globalización y que en su motivación está el vacío espiritual que la cultura musulmana percibe  en las sociedades occidentales modernas. La cosa entonces no es tan sencilla como nos la presentan. No se trata de una película de vaqueros entre buenos y malos ni la venganza de los virtuosos occidentales contra los árabes depravados, con el aroma  mareador del petróleo.

 

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