Por: Julio César Londoño

Los laberintos de la memoria

De los muchos misterios que guarda el cerebro, el de la memoria es el que más intriga a los hombres de ciencia. Nada hay más desconocido, nada más necesario.

Incluso actos tan elementales como leer y conversar, son impensables sin su concurso. Sin la memoria no habría antes ni después, dudas ni certezas; viviríamos en el puro instante; el alma sería una brizna de fonema, y la conciencia una interjección.

Nadie sabe cómo guardamos un estremecimiento de la infancia, la intensidad de un dolor ya superado, el tono preciso del color del cabello de esa mujer a las nueve de la mañana. ¿Cuántas clases de “caminados” puede registrar el cerebro?

El almacenamiento de la información es sólo una parte del problema. La otra es cómo la recuperamos, cómo recordamos voluntariamente.

Cuando queremos evocar una canción, una en la colección de nuestra “neuroteca”, cómo echamos a andar sin diales ni botones la pista precisa, o sólo un pedacito, el pegajoso compás aquel que nadie puede olvidar. Qué tenue matiz de su cadencia nos permite distinguir, aunque sólo veamos sus espaldas, el andar de Maritza del de Sandra. Cómo hiberna en la memoria durante lustros o decenios, exacto y fragante, un olor determinado.

Hay un fenómeno que me intriga de manera especial: cómo buscamos, sin fichero, internet, guías ni códigos, un dato semisumergido en la memoria. Ejemplo: vamos por la calle, nos cruzamos con miles de personas cuyos rostros pasan por nuestra retina sin romperla ni alarmarla. De repente uno de ellos dispara la alarma. En fracciones de segundo el cerebro ha reconocido un rostro y nos grita: ¡Yo conozco esa persona! ¿Dónde la he visto? Por supuesto que no es un amigo ni una celebridad, es un rostro clasificado de alguna manera en un recoveco del cerebro. Los esfuerzos que hacemos para ubicarlo son vanos porque carecemos de método para hacerlo. El único “método” que empleamos es una especie de pujo mental acompañado de excitación, ansiedad, comida de uña y tamborileo de dedos o algún tic equivalente. No tenemos clasificados los rostros por fechas, razas, eventos, fisonomías ni orden alfabético —orden que, por otro lado, de nada serviría en este caso—. Resignados, aunque “picados”, seguimos nuestro camino. Lo que ignoramos es que este pique es un reto para nuestro cerebro, que lanza un haz de solícitos bibliotecarios hacia los archivos a frenéticas velocidades, como un ejército riguroso que revisara una ciudad casa por casa en busca de un personaje. El cerebro parece entonces una ciudad negra rasgada aquí y allá por súbitos diamantes.

Nosotros, entre tanto, seguimos caminando, pensando en otra cosa —no todos los bibliotecarios están comprometidos en la pesquisa— y hasta nos olvidamos del asunto. De pronto ¡zas! ¡Claro, fue en la fiesta de Antonio!

En Proverbios 30:18 hay un pasaje dedicado a la memoria de la materia. Dice más o menos así: “Hay tres cosas que me son maravillosas, y una cuarta que no consigo comprender: el rastro del águila en el cielo, el rastro de las naves en el mar, el rastro de la serpiente en la roca y el rastro del hombre en la mujer”. Algunos exégetas afirman que este versículo es un canto a los cuatro elementos. Puede ser. Los tres primeros ejemplos son obvios: el cielo es el aire, el mar es el agua y la roca es la tierra. Pero el cuarto es magnífico. Cuando llega el momento de buscar un ejemplo para el fuego, Jehová no echa mano de las fogatas, de los volcanes, del rayo, del sol ni de la ira. Haciendo gala de un pulso francamente divino, acude al más obsesivo de todos los fuegos, el sexo. “El rastro del hombre en la mujer”. No en balde Harold Bloom pone a Jehová entre los grandes escritores de todos los tiempos.

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