Por: Andrés Hoyos

Los límites de la paciencia

La semana entrante Gustavo Petro cumple un año en la Alcaldía, año en el cual ha acumulado reversazos, peleas, renuncias, improvisaciones, chambonadas y enemigos para diez.

En realidad el hombre anda muy orondo aprendiendo a ejercer su cargo a los trancazos y por cuenta nuestra. Como es orgulloso y terco, ha resultado mal alumno.

Nadie entiende de dónde sacó Petro que a punta de cháchara y tuits iba a recoger los miles de toneladas de basura que produce Bogotá a diario. Llegada la cita fatal del 18 de diciembre, pasó lo que tenía que pasar y la basura se negó a irse caminando al relleno sanitario. Además del estruendoso fracaso del esquema, Bogotá cosechará una larga ristra de sanciones que los organismos de control nacionales y locales deberán aplicar casi de oficio. El propio peculio del alcalde se verá seguramente afectado.

Lo que se dio en últimas fue el síndrome del crítico incauto que confunde la capacidad de demoler algo torcido con la de edificar algo recto, y como a veces el que está de malas está de peores, la Procuraduría destituyó al único funcionario incondicional con el que Petro contaba, basándose en el descuido casi increíble cometido por Guillermo Asprilla, que lo llevó a mantener vivo un poder de representación contra la ciudad, el cual lo inhabilitaba desde cuando era concejal. Antonio Navarro, el supuesto líder nacional de los Progresistas, optó hace bastante por pasar de agache y anda con la boca cerrada, como diciendo: “yo se los advertí”. Según eso, a Petro tan sólo le queda Carlos Vicente de Roux, un concejal honorable y pausado que —como la perrilla de Marroquín— tampoco ha logrado que el bendito jabalí le pare bolas. La soledad política de Carlos Vicente ha de ser espantosa.

Una consecuencia lamentable del fracaso de Petro es que llevará al hundimiento casi inevitable del movimiento Progresistas, frustrando por enésima vez el desarrollo ordenado de la izquierda democrática colombiana. Es todo un síndrome en América Latina, donde por un PT brasileño —sólido aunque bastante corrompido según un fallo judicial reciente que implica al entorno íntimo de Lula— hay decenas de “partidos”, movimientos o simples clubes de aplausos que se organizan alrededor de caudillos belicosos sin ninguna vocación institucional. No debería de sorprendernos: la vieja izquierda maximalista mantiene intacto su espíritu autoritario en muchas partes del subcontinente y es contraria a la renovación de las ideas y a la delimitación efectiva del poder.

Los bandazos de Petro prometen tener efectos dañinos adicionales: en adelante serán muy pocos los ejecutores de primer nivel que querrán acercarse a la Alcaldía, pues ya se comprobó que Petro puede levantarse de mal humor una mañana, echar a la basura lo pactado en la noche y decidir que después de todo sus contertulios de la víspera eran unos mafiosos o unos paramilitares. Así, ¿quién trabajará con él? El otro problema es que se han ido frenando los pocos frentes en los que la administración avanzaba en algún sentido. Sintetizando, Petro irá a paso de tortuga hacia dondequiera que se vaya, dado que acaba de dinamitar su propia gobernabilidad. Habrá, pues, mucho ruido y pocas nueces en Bogotá en los tres años que vienen, eso si los dioses tienen paciencia y no amanecen a su vez un día de mal genio y dicen: “¡no va más!”.

PS: como los lectores también necesitan vacaciones, esta columna volverá a aparecer el 16 de enero.

 

Buscar columnista