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María Elvira Bonilla 8 Oct 2012 - 4:27 pm

Los médicos y el paciente

María Elvira Bonilla

El sistema de salud colombiano está reventado. Ya se sabe.

Por: María Elvira Bonilla
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Una acumulación de errores que derivó en un hueco financiero de proporciones mayúsculas que ha llevado a que el escogido para intentar enderezar la crisis sea un economista de primer orden: Alejandro Gaviria, quien, además, felizmente cuenta con una formación humanista y una sensibilidad que le permite focalizar su gestión a donde toca: la búsqueda de soluciones para atender bien al paciente.

Es el propósito único de cualquier esfuerzo en el tema de la salud, pero que se ha confundido en el enjambre de intereses multimillonarios alrededor de la prestación de los servicios de salud, los medicamentos, las instituciones prestadoras y la compra de insumos, todo condimentado con la infaltable mano de los políticos, léase de la politiquería local y nacional.

Los hospitales y puestos de salud se han convertido en la espiral donde comienza el clientelismo y la corrupción catapulta a concejales y diputados al Congreso. No gratuitamente, dos de los recientes presidentes del Senado han sido médicos: Dilian Francisca Toro y Roy Barreras, este último con un fortín que no quiere soltar, en Caprecom.

La maraña de negocios y negociados alrededor de la vida tiene su expresión más crítica en el deterioro de la relación médico-paciente. No llegan al millón las personas pudientes que pueden acceder a medicina particular a través de costosos planes de salud prepagados, razón por lo cual la inmensa mayoría de colombianos no puede nada distinto a buscar los servicios de las EPS, y los más pobres, el sistema subsidiado, Sisbén. Un engranaje con tanto poder que puede regular y controlar el tiempo de atención del médico con su enfermo, que no puede superar los 20 minutos. En el computador queda grabado el historial de cada consulta con los exámenes y medicamentos que el médico ha ordenado, con lo cual los auditores de las EPS, que los hay por montones, pueden, en tiempo real, controlar el trabajo de los galenos a partir de las variables tiempo y dinero y no de atención cualitativa de la gente.

Con este sistema masificado no hay condiciones para lograr un mínimo acercamiento humano, quien entra y sale como un extraño, un perfecto desconocido para el médico, que no cuenta con el tiempo ni el interés para averiguar sobre la historia familiar, los problemas o tensiones cotidianas, la realidad individual de cada ser humano, indispensables para un buen diagnóstico. Porque las batas blancas y los gestos silenciosos que ejerce una autoridad que incomoda logran paralizar a los pacientes, abrumarlos con dudas e inquietudes, dejándolos llenos de preguntas sin resolver en una consulta donde el afanado interlocutor evita diálogos o cercanía.

Y si se trata de alguna enfermedad grave, cuando el médico adquiere el rol de verdugo que emite vaticinios fatalistas y pronósticos reservados, el paciente no tiene más remedio que llevarse sus temores para la casa y prepararse para la batería de exámenes, donde el hermetismo y la inhumanidad volverán a mandar. En este escenario calamitoso se pide a gritos que los ajustes que reclama el sistema de salud colombiano tengan como propósito no sólo arreglar las platas sino lograr lo único que amerita este esfuerzo: un trato digno a los pacientes.

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