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Laura Juliana Muñoz 22 Sep 2016 - 9:00 pm

Entre Líneas

Los niños de la dictadura

Laura Juliana Muñoz

¿Qué sucede puertas adentro en un país con miedo? ¿Qué piensan los niños que marchan, qué traman los adolescentes que nunca fueron niños, qué sueñan los amantes que no tuvieron remedio?

Por: Laura Juliana Muñoz
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Lo esencial de Álbum familiar (Seix Barral), de la escritora chilena Sara Bertrand, es el cómo un niño ordena su memoria cuando no quiere recordar nada de lo que ve. Tal vez sí, esas pequeñas fugas al mar, porque vivir frente al mar es una provocación y cazar jaibas, un símbolo de supervivencia. O el beso a oscuras, inesperado, entre primos, porque solo en la familia se puede confiar cuando todos están bajo sospecha: “Besos que parecían muñecas rusas, uno dentro de otro y otro y otro”. O los algodones de azúcar, el jugo de chicha y los churros con manjar para recuperarse después de salir a las calles a homenajear al terrible “hombre del cuello mao”, a “disimular los sentimientos”.

Olvidar también es el nacimiento de una nueva memoria. Escogemos las fotos que estampamos en el álbum familiar. Alguien nos toma un retrato para que al menos se pueda decir que un pedazo de papel fue nuestro espacio y que nadie nos puede desaparecer de ahí. Pero el mundo real está lleno de abandonos y para recordar al que se ha ido también hay que recordar su silencio.

Los de este libro son niños que más que divertimentos, recuerdan colores. No. Un solo color, “el humo gris que se llevaba sus pensamientos”. Son niños que “comprendían que los niños también desaparecían”, que “uno crece tal como envejece: todos los días en movimientos imperceptibles”.

Entonces deben armar una pequeña comunidad para buscar su propia rebelión, como la joven que “tiraba piedras y reía. Gritaba insultos y reía”. Deben jugar a escaparse y esconder los libros en el tejado porque “los libros son como los muertos (…) Que no los olvidarían nunca y cargarían con sus cadáveres para siempre”.

“Se era niño con la promesa de convertirse en adulto”, pero su hazaña es la de no pertenecer a ningún tiempo. O al menos intentar imponer el brillo del presente frente al peso del pasado. Ser la voz que cuenta la historia. En esta novela esa voz es la de una mujer que no siempre es la misma. La vemos crecer en el papel. Las palabras serán esa niña que no puede entender por qué su madre la ha olvidado. La adolescente que se mira al espejo y ve en su piel la caricia, los besos clandestinos. La abuela que idea un sistema para no olvidar.

Sara Bertrand logra construir los detalles de ese ‘puertas adentro” de un régimen militar y sin necesidad de mencionar Presidentes, ni espacios, ni fechas logra ser tan política como delicada: “Se ha instalado la noche, el viento sacude a los árboles y descansa, la luna es la cáscara áspera de una ostra”.

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