Por: Juan David Ochoa

Los nombres de la tragedia

El boicot perpetrado por la alianza oscura y desastrosa de los dos expresidentes al proceso en cuestión, no debería sorprender en un país acostumbrado a la monstruosa estupidez de su clase política.

Nadie, en la tragedia escalofriante de esta comedia nacional acostumbrada a los brotes cíclicos de las hipérboles, a las estúpidas respuestas de Simón Gaviria en el escándalo de la reforma a una justicia ya irrisoria y perdida, al espectáculo semanal de senadores borrachos en las autopistas nocturnas, a la estulticia orgullosa del procurador y de la contralora y del cínico Barreras que preside el hundimiento de la última vergüenza en el senado, a la homofobia pública de concejales dogmáticos, a la continua redundancia de los peculados, del concierto para delinquir y del prevaricato y del cohecho y de la concusión, debería sorprenderse ante la alianza de los dos ex presidentes que, justo y precisamente en un irónica y mayor revelación del espectáculo, presidieron uno a uno en orden cronológico el ruidoso y absoluto derrumbe entre la escoria.

A nadie debería sorprenderle ya la insensatez del vándalo mayor, ese colérico arriero de caballos que en sus dos periodos de poder se arrodillaba piadoso en las iglesias para persignarse en la aflicción por esa patria que añoraba esplendida y limpia, pacífica y ultracatólica, y que por lo mismo la bañó en las aguas encostradas del odio y del resentimiento. Fue el patriarca de la paranoia obsesiva que en sus shows televisivos, rojo y ardiente de furia, declaraba enemigos y objetivos militares a sus detractores. El mismo que aún se pavonea sin rubor y sin vergüenza por tener su oscura cúpula de gloria tras las rejas, culpables hasta el tuétano de sangre, mafia, corrupción e injurias, porque también su espadachín estrella, José Obdulio Gaviria, se encuentra ahora arrodillado, pidiéndole a su dios que le conceda la gracia de la impunidad sobre su lengua mitómana después de sus agravios al sindicalismo.

Pastrana y su frustrada historia no resiste un resultado positivo bajo el mismo proceso en el que años atrás se evidenció su ineptitud, y por lo mismo quiere ahora entorpecer la evolución del pacto. Son ellos y su estirpe de veneno y de moral soluble quienes lanzan contentos los torpedos del desastre, Intentando evaporar la única y misérrima oportunidad a un leve progreso, el primer eslabón a un saneamiento a futuro, el dique cerrado y exhausto de tanta decadencia. Aunque la historia sea ambigua y la violencia haya mutado en otros nombres y otros rostros, este conflicto, saturado de absurdo y de sevicia, pide el fin y el paso a los dilemas recientes. Son ellos, los perturbados expresidentes, los que quieren de nuevo los retornos del fuego y del morbo, porque hacen parte de las mismas sombras que en los hondos mecanismos de la oscura burocracia hicieron de este triste y miserable país una cloaca de muertos y asesinos.

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