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Andrés Hoyos 9 Abr 2013 - 9:16 pm

Los paladines traicionados

Andrés Hoyos

Todo indica que Estados Unidos —nada menos— va a dejar a Alejandro Ordóñez y a Álvaro Uribe con las armaduras puestas.

Por: Andrés Hoyos
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Porque es tremenda la injusticia que se va a cometer con estos prohombres. Ellos se la juegan a diario por librar la Guerra Contra las Drogas, quieren meter bandidos a la cárcel, se exponen a las burlas de los liberales descreídos y sin madre, arriesgan si no el pellejo al menos sí el busto, que queda a merced de las palomas, y luego viene la opinión pública gringa y dice que la marihuana no es tan mala después de todo. O sea.

¿Estamos hablando de la misma marihuana que se presumía culpable de que a los hombres les crecieran los pechos y de que a las muchachas se les aflojaran las piernas con el correspondiente peligro para su integridad moral? La pérfida yerbita tiene, en efecto, una historia accidentada. Aunque es conocida desde la antigüedad, en Estados Unidos —sede oficial del prohibicionismo planetario— sólo se popularizó cuando los mexicanos empezaron a emigrar en masa tras la escalofriante revolución de principios del siglo XX. Dice la leyenda que llegaban cantando: “La cucaracha, la cucaracha, ya no puede caminar, porque le falta, porque no tiene, marihuana que fumar”. Pronto estas personas de raza oscura dieron en corromper a grandes masas de blancos ingenuos, sobre todo estudiantes, siempre listos a experimentar con lo peligroso; en seguida corrompieron con todavía más éxito a los negros, empezando por los inmorales músicos del recién inventado jazz, y pronto se armó un nudo de víboras alrededor de la “cosecha del diablo”.

Tomó varias décadas, pero los prohombres del norte, donde también hay muchísimos, por fin lograron establecer en los años setenta un draconiano régimen prohibicionista, al que agregaron el rechazo a la inmigración mexicana y latinoamericana que tantos males traía del sur. La opinión pública, muy a tono con las autoridades, respaldaba la cruzada.

Sin embargo, quien confía en el vulgo confía en arena movediza. Porque de repente la perniciosa duda entró a gravitar en el asunto. Primero vinieron unos médicos irresponsables que decían que la marihuana dizque era medicinal sólo porque calma las náuseas de quienes debían soportar quimioterapias; luego otros aseguraron que estimula el hambre de los enfermos de sida. Entrados en gastos, atribuyeron a la planta una multitud de usos beneficiosos que no vamos a detallar aquí. El descreimiento se fue extendiendo por esa vía hasta que el año pasado, tras un fracaso previo en California, dos estados de la unión, Washington y Colorado, legalizaron la yerba sin dar más razones que la libertad de la gente.

Ahora resulta que la mayoría de los americanos quiere que la hierba sea legal. ¿Y entonces quién responde por los billones de dólares, por los millones de presos y por los centenares de miles de muertos que ha causado la cruzada? ¿Murió y sufrió toda esa gente en vano?

Cruel destino el de un caballero del Santo Sepulcro que queda aferrado a sus escapularios metido entre una armadura oxidada, presto y entusiasmado para defender a brazo partido la honra de una monjita que en una de esas decide que quiere volarse del convento y que no tiene otro uso para su honra como no sea gastársela. ¡Dolor inmenso de nuestros paladines, con lo incómodo que es caminar en armadura! No hay derecho de que los estén enviando al porro de una forma tan indigna.

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