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Esteban Carlos Mejía 25 Ene 2013 - 11:00 pm

Rabo de paja

Los sinsabores del verdadero novelista

Esteban Carlos Mejía

Mi amiga Isabel Barragán tiene la piel satinada por el sol de Cancún, diez días y once noches con el marido en un hotel orgiástico, digo, paradisiaco. Y los ojos cada vez más verdes, densos y selváticos como el deseo.

Por: Esteban Carlos Mejía
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Y los pechos, espléndidos, apretujaditos por la camisa de algodón egipcio. Y las piernas de joven bailarina de ballet en pleno fouetté. Y el ombligo. Y el culito divino. La veo y, me perdonen los verdugos de lo políticamente correcto, siento ganas de despresarla.

Estamos en una frutera por la Transversal Intermedia, en Envigado. Pedimos salpicón. Me muestra un libro, Los sinsabores del verdadero policía, de Roberto Bolaño, (Anagrama, Barcelona, 2011). “Hay escritores que en una misma vida escriben todos los libros”, dice Isabel. “Y otros que en toda la vida escriben un mismo libro”. “¿Por ejemplo?”. “Este Bolaño del alma. Se pasó la vida entera escribiendo una misma, larga, apocalíptica y magnífica novela, 2666”. “Mal número pa’ jugar al chance”, me burlo. “Pendejo, 2666 es una fecha, tiempos por venir”.

Nos traen uchuvas, cortesía de la casa. “Bolaño es un vendaval de cosmopolitismo”, dice. “No tanto porque su obra transcurra en múltiples territorios-comarcas, desde el Chile nocturno de Urrutia Lacroix, encarnación del crítico literario naíf, hasta el México insurgente de John Reed, pasando por Barcelona-Catalunya, sino porque en sus páginas soplan vientos de inteligencia, desacato y experimentación, corren ríos de leche y miel, y chisporrotean fuegos de rebeldía, toda una escanografía del absurdo de las realidades contemporáneas”. Después de semejante parrafada, Isabel queda sin aliento. Yo también. Toca comer uchuvas con sal.

“A mi manera de leer”, dice, “Los sinsabores del verdadero policía es la trasescena o la trastienda de 2666. Más cortica, eso sí, escrita y reescrita sin afán durante casi 20 años, a guisa de ensayo general. En ella, Archimboldi es aún J.M.G. Arcimboldi, Altamirano es Altamirano y Santa Teresa es Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez, capital mundial en asesinatos de mujeres. Los personajes parecen ‘exiliados en un continente semejante a la luna, a la cara oculta de la luna, inocentes y codiciosos, singulares y valientes, fantasiosos y rematadamente ingenuos’. Son narraciones dentro de otras narraciones, cajitas de música dentro de cajitas de música, como matryoshkas, esas inútiles y apacibles muñecas rusas”.

“Es una hermosa, dulce y agradable historia, como los relatos de Sahrazad en Las mil y una noches”, añade. “Sahrazad eres tú”, le coqueteo, a ver cómo reacciona. Sonríe con gusto y suspira, enamorada, de Bolaño; no de su marido, mucho menos de mí. “Algunos opinan que es difícil leerlo. ¡Calumnias de la oposición! ¡Sinsabores del verdadero novelista! Es para lectores con imaginación, buen gusto, memoria y sentido del humor: maestros, apóstoles, izquierdistas, pacifistas, ecologistas, anarquistas, en fin, gente anormal, aunque ahí caigamos tú y yo”. “Dios te bendiga”, digo, y, sin más, cambio las uchuvas por el salpicón.

Rabito de paja: sólo cuando Santos entienda que Uribe únicamente acata la ley del Talión (ojo por ojo, diente por diente), podrá ponerlo en su lugar.

  • Esteban Carlos Mejía | Elespectador.com

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anposada

Sab, 02/02/2013 - 03:15
Stephen Charles, ¡Vos no tenés remedio...! Sos lo mejor.
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Boyancio

Sab, 01/26/2013 - 06:11
Mientras leía cual como birolo, sea con un ojo en el escrito y el otro en el recuerdo, me arrecorda cuando posía aún salir a caminar por la vereda. Entonces, cogía el camino a Galonsintapa. Cuando iba llegando a las primeras casas, unas de éstas era donde las niñas putongas bailaban apretado hasta altas horas de la madrugada. Muchas veces las vi sacar su equipo de trabajo al sol que, de manera espernancada, y con mucha burla de su parte, dejaban que las penetrara el astro rey. Al verme pasar, no faltaba un piropo putañero de alguna de ellas con rebaja incluida, sea promoción virtual con la lengua, namá. ¡Ah tiempos en que se podia caminar! Ya, solo me queda pasar mis mejores momentos frente al teclado y practicar nuevo caminado: menudito, raspa baldoza, en distancias cortas, para ir a mear
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