Por: Julio César Londoño

Los zapatos de Francisco y la nariz de Kate

Dos insucesos recientes están desviando la atención de los brasileños y apagando la rabia popular por la corrupción y los problemas sociales que aquejan a ese país. Me refiero a la visita del papa y el nacimiento del “bebé real”.

Se le apareció la Virgen de la Aparecida a Dilma Rousseff. Se cumplió lo que dijo hace unos meses ella misma: “El papa es argentino, pero Dios es brasileño”.

Claro que el lunes los problemas estarán otra vez allí, con el café y los periódicos de la mañana, y la sorda migraña seguirá atenazando la enorme cabeza de la presidente, pero todo parece indicar que la espuma de la indignación bajó por obra y gracia del encanto de Francisco y el poder de seducción de Kate, Guillermo y el bebé sin nombre.

Viendo los videos de las multitudes que han salido a saludar al papa en Brasil, uno se pregunta qué hace allí esa gente que debería estar adorando el sol o la luna, a los orishas o a Neymar, haciendo folhas secas o macumba, en lugar de estar ovacionando a un argentino que hace gala de una humildad tan ostentosa: “Atención todos, voy a montar en bus... Hey, voy a parar en hotel... Yyyyo mismo pagaré la cuenta del hotel... Miren, sólo tengo estos zapatos negros”.

Nota al margen: quizá el Vaticano necesitaba un papa latinoamericano, pero Argentina no necesitaba un papa. Con la Santísima Trinidad de Borges, Gardel y Maradona era suficiente.

Volviendo al cuento, uno puede entender que más del 80% de la población del mundo crea en Dios. Quizá tenemos algo en el cerebro que tiende a la búsqueda de “teorías totales”, ya sean cuánticas o mitológicas. Pero pensar que Dios cree en uno es demasiado. Ahora, creerse representante de Dios, hablar urbi et orbi en su nombre, saber qué piensa, qué le molesta y cómo quiere que vistamos, pasa de castaño a oscuro. Bien vistas las cosas, y dicho con el debido respeto, es un tema francamente psiquiátrico.

Si sólo hubiera dos o tres personas en el mundo con este poder —digamos un pope, un lama y un papa—, uno podría aceptarlas. Con una pizca de fe, uno puede creer que hay tres terrícolas extraordinarios con línea directa con una potencia extraordinaria. ¡La cosa se vuelve ordinaria cuando brotan de la tierra, como hongos, millones de pastores conectados con varias docenas de divinidades “únicas!”.

Si Dios existe, estoy seguro de que se caga en la hostia, en los pastores y en los argentinos humildes. Si no, es un impostor. ¡Miradme: no le creáis ni esto!

Es más natural y comprensible, en cambio, que los brasileños estén derretidos con la carismática pareja de los príncipes de Cambridge y su niño. Al fin y al cabo, ¿qué madre no quiere un príncipe para su hija? (Ya lo dijo el filósofo W. Allen: “No todas las judías son madres, pero todas las madres son judías”). Al fin y al cabo, ¿qué mujer no tiene en su seno una trepadora... digo, una princesa? ¿No sueñan todos los hombres del mundo con ser príncipes, es decir, con vivir de la teta del Estado o de las empresas que contratan con el Estado?

Uno comprende que una muchacha de las favelas de Río o una señora de Los Rosales sueñe con la nariz y los diamantes de Kate Middleton; lo raro es que los príncipes de Cambridge despierten tanto fervor entre los mismísimos ingleses, cuyos antepasados padecieron los horrores de la monarquía y que hoy pagan la nariz, los diamantes y las francachelas de los centenares de miembros de la nobleza —unos sujetos que, como nadie ignora, se cagan en la hostia, en el papa y en la nobleza—.

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