Por: Ricardo Bada

La lotería del Nobel

Leí en algún lugar de la prensa de cuyo nombre no quiero acordarme que los candidatos al Nobel de Literatura de la casa de apuestas británica Ladbrokes son el japonés Haruki Murakami, el chino Mo Yan y el holandés Cees Nooteboom, seguidos por el albanés Ismail Kadaré y el sirio Adonis, y que la mujer ubicada en la posición más alta es la italiana Dacia Maraini.

De entre ellos a mí me gustaría Mo Yan, uno de los novelistas más poderosos que se han dado, y no sólo en China. O un poeta como el libanés Adonis. Pero es que, además, desde mi punto de vista, Philip Roth, Bob Dylan y Alice Munro, o el israelí Amos Oz, también se lo merecen, por lo menos tanto como los otros a quienes apuestan los británicos.

Con todo y con eso, a mi juicio, lo que pasa es que al Nobel —desde hace años— le está faltando imaginación. Aunque para una vez que se les ocurrió echar mano a la imaginación, se lo dieron a Darío Fo, ¡estando en vida Arthur Miller!, y lo peor es que se lo dieron en solitario, pasándose por la costura del calzón que la mitad (y algo más) de la obra de Fo se debe a su esposa Franca Rame. No sólo metepatas, también misóginos.

Además, me echo a temblar pensando que los académicos suecos me hagan caso en eso de la imaginación, se acuerden de que nunca concedieron el premio a un brasileño y se lo entreguen a Paulo Coelho. ¡Por Dios!, como diría Álvaro Mutis.

Desde luego no vamos a llorar una vez más por la leche derramada sacando a relucir a Borges, a quien lo mejor que le pudo pasar, sin bromas, es que no le dieran el Nobel, porque ahora el premio cargará toda su historia con la vergüenza de no incluirlo en su nómina. Pero sí podemos sacar a relucir a gente de primera categoría, como el alemán Bertolt Brecht, el belga Simenon, los estadounidenses Mary McCarthy y William Saroyan, el indonesio Pramudia Ananta Toer, el neerlandés Harry Mulisch y el chileno Gonzalo Rojas, más de media docena de nombres como para inflar de orgullo los sacolevas de Estocolmo.

No obstante, seamos honestos. No es tarea fácil la de elegir un Nobel. Jamás me querría ver en semejante aprieto. Como tampoco en ser jurado del Cervantes, que amén de todos los problemas que conlleva siempre un premio así, carga con la hipoteca de una alternancia anual, tan estúpida como renga, entre Hispanoamérica y España. Cuando por demografía y calidad debería ser un autor español por cada tres o cuatro (o cinco) americanos.

En último término, algo que me ha consolado siempre, si es que en Estocolmo sacan un conejo inesperado del sombrero, es que a veces se equivocan y se trata de un autor que de a de veras se lo merecía sin que lo supiésemos. Ojalá esta vez también.

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