Por: Antonio Casale

Luces y sombras

El fútbol, la máxima representación de la humanidad moderna, es capaz de sacar lo mejor y lo peor de la sociedad. Negocios sucios, estafas, niños que son abusados sexualmente por parte de sus entrenadores a cambio de ser promovidos para que cumplan su sueño de llegar a ser futbolistas, sangre y muerte como consecuencia de las batallas entre barras, corrupción en todos los niveles y la exageración que se le da a un simple resultado son sólo algunas de las sombras que rodean la actividad del balón.

A cambio, el fútbol representa una escala de valores digna de imitar por sectores como la política. Solidaridad, disciplina, constancia, oportunidades para abandonar la pobreza, trabajo en equipo, generación de empleo son sólo algunos de ellos. Cómo negar que el fútbol es ese fenómeno que nos enseñó el significado de lo que es amor, dar sin importar lo que se reciba a cambio, de manera incondicional. Cómo negar que es el fútbol el único tema que puede unir, como igualador social en una conversación, a ricos y pobres, poderosos y débiles, intelectuales e ignorantes.

Sin embargo, pocas veces reparamos en lo que una sociedad es capaz de hacer desde lo positivo por los demás. En materia futbolera llenamos columnas, programas radiales y televisivos, así como redes sociales, con agresiones y noticias que tienen que ver con el dolor de la derrota como si fuera la muerte.

Las demostraciones de solidaridad con motivo de la tragedia que terminó con la vida de la mayoría de jugadores del Chapecoense son la demostración de que también podemos ser buenos. El fútbol que nos une y nos divide al mismo tiempo, esta vez nos juntó en el dolor. Los conmovedores actos ocurridos en Medellín y Chapecó el día en el que se debió jugar el partido de ida de la final de la Sudamericana, así lo demostraron.

Ojalá la amnesia no se apodere pronto de los corazones futboleros. Ojalá hayamos aprendido que la victoria y la derrota no son más que un resultado. Que todos somos humanos y merecemos respeto y ponderación. Que los matoneadores de las redes, los micrófonos y las plumas no se olviden de que los jugadores, periodistas, directivos, hinchas de los rivales y demás actores del fútbol a los que putean deliberadamente son nuestros semejantes y merecen ser tratados bien. Que el amor por la pelota que hoy nos une por el Chapecoense no nos divida cuando pasen los días y el dolor se acabe. Que a partir de ahora las luces que la familia del fútbol unida proyectó y que alumbraron el luto se mantengan encendidas para que el mundo del balón sea el espejo sobre el cual la sociedad ilustre lo que debería ser mañana y no lo que fue hasta el día del siniestro. Ojalá los jugadores de Chapecoense desde el cielo nos iluminen para que nunca más olvidemos que el fútbol no es vida o muerte, porque es solamente vida.

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