Por: Fernando Araújo Vélez

En lugar del general

Una llamada, la voz del presidente del otro lado de la línea, un anuncio esperado por años y años, la primera celebración, la alegría compartida, el whisky, los excesos, el anuncio difundido, comentado, transformado en rumor, extendido.

Digamos que se llamaba Santiago Ríos, que dos años antes lo habían ascendido a general, que sus apellidos eran inmaculados, que no tenía una sola mancha en su hoja de vida o, por lo menos, no para el mando superior. Digamos que era respetado, admirado, apreciado por el señor presidente, y su eterno candidato para las misiones más delicadas.

Digamos, también, que no podía rechazar un trago, y que un trago lo llevaba al siguiente, y a cinco y a veinte, y que de trago en trago se perdía días y días. La noche en la que el presidente le dio la noticia de que lo nombraría comandante en jefe del estado mayor, el general Ríos invitó a sus amigos y a algunos familiares para celebrar el gran ascenso. Brindó con ellos por el país, por la patria, los militares, la democracia, la justicia, la honestidad y, sobre todas las cosas, brindó por la amistad con algunos de sus lugartenientes, hombres de ley que lo habían acompañado desde sus tiempos de cadete.

Digamos que pasaron seis meses desde aquella primicia presidencial. Que el general organizó la vida en torno a su futuro nuevo cargo: el colegio de los hijos, un automóvil de lujo para su esposa, vestidos, zapatos, muebles. Un sábado, dos integrantes de la guardia presidencial tocaron a la puerta de su casa. Él abrió. Con guantes blancos le entregaron un sobre blanco repleto de sellos dorados. Él lo rasgó con un cortaplumas y sacó la notificación oficial de su nombramiento. En una tarjeta pequeña, personal, el presidente de la República le agradecía sus servicios a la Nación, con su firma abajo en tinta negra.

Digamos que esa noche celebró de forma mesurada. Que escribió una nota de agradecimiento para el presidente y se concentró en el día de la ceremonia, agendada para ocho días después. Digamos que su mejor amigo era su subalterno, el coronel Vargas, quien lo reemplazaría en caso de alguna ausencia. Digamos que era su socio de tragos, y que la noche anterior a la ceremonia oficial de ascenso lo invitó a su casa para tomarse un par de whiskys, o mejor, para que los dos whiskys fueran una y dos botellas, y una fiesta infinita, y mujeres y sexo y droga; para que el general Ríos no llegara nunca a la ceremonia, para que el presidente se sintiera desairado, humillado de tanto esperar, y lo destituyera. Digamos, en fin, que el coronel Vargas fue nombrado ese día comandante en jefe del estado mayor, mientras su superior seguía en una eterna velada de tragos y desnudez.

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