Por: Oscar Alarcón

Macrolingotes

A muchos les parece insólito que en el primer país del mundo, como son los EE.UU., se tenga una forma indirecta de elegir su presidente de la República con un sistema tan complejo que no entiende ni siquiera la mayoría de su población. La razón principal es que allí opera un sistema federal y cuando hace más de 200 años los padres fundadores diseñaron la Constitución tuvieron que conciliar para lograr mecanismos que dejaran satisfechos al mayor número de delegados que redactaban esa Carta.

Entonces la escogencia del mandatario rompía la tradición de los gobernantes de los estados monárquicos, que era lo que existía y que no eran elegidos, y con mucha filigrana querían dotarlo de un poder omnímodo con funciones de jefe del Estado y jefe de Gobierno.

En la redacción de esa Constitución se acogió la tesis de los representantes de los estados pequeños, quienes no deseaban que al presidente lo eligieran directamente los ciudadanos porque los estados grandes se imponían y además porque a quien se estaba escogiendo era a un mandatario de unos estados confederados. Por consiguiente, no era el representante del pueblo sino de toda la unión.

Como aquí todo nos lo copiamos, el sistema de elección presidencial indirecta también operó entre nosotros en el siglo XIX y comienzos del XX. Con ese procedimiento se eligió al general Rafael Reyes, gracias al famoso Registro de Padilla, en donde el cacique guajiro Juanito Iguarán le birló unos votos electorales al cartagenero Manuel F. Vélez, como le pasó en la Florida a Al Gore con Bush. De esa manera resultó elegido Reyes a pesar de las quejas de quien, con razón, se sintió atropellado, tanto que como presidente del Senado, que lo era, se abstuvo de darle posesión. Después fue cuando se estableció en Colombia la elección directa por el pueblo del presidente de la República, en donde, entre otros, salieron elegidos un Valencia, que no fue el poeta, y un Turbay, que no fue Gabriel.

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