Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

Cuando la monarquía inglesa comenzó a dejar de gobernar y el poder lo asumió el Parlamento, se creó una comisión de su seno encargada del manejo de la administración pública a la que se le llamó gabinete.

Esta es la razón por la cual los miembros del Gobierno provienen de las cámaras legislativas, y todo ministro es parlamentario al mismo tiempo.

Lo anterior es norma general en los países de sistema parlamentario. Holanda se apartó de esa tradición, igual que la Constitución de la Quinta República francesa, en donde el ministro no tiene la doble condición de manera simultánea. En Colombia, siempre con un sistema presidencial, se optó por permitir que los congresistas pudieran ser ministros pero debían dejar sus funciones legislativas mientras se hallaran vinculados al Gobierno. La Constitución del 91 rompió con esa costumbre, que a muchos no gustó, como al presidente López Michelsen, quien no perdía oportunidad de criticarla.

La nueva normatividad dejó al Congreso de capa caída porque ya no es el lugar en donde se escoge a los ministros. Sus miembros se volvieron simples senadores. Por ejemplo, nunca se había visto que un presidente de la República, como Juan Manuel Santos, ocupara ese cargo sin haber sido jamás congresista. Les sobra entonces razón a quienes pretenden regresar al viejo régimen para que las cámaras legislativas vuelvan a ser los semilleros de nuestros gobernantes.

El Congreso perdió toda importancia, tanto que muchos de sus actuales miembros no buscarán la reelección. A sus curules ahora llegan los hijos de los hijos de los hijos de quienes fueron jefes de años pasados, lo que ha merecido que algunos llamen a esa corporación Cámara Júnior. El cambio que le dio la Constitución de 1991 no tiene sentido. Bienvenida sea la propuesta que se anuncia.

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