Por: Óscar Alarcón

MACROLINGOTES

Tremendo problema de Estado se armó en EE. UU. por las canas al aire del general Petraeus, director general de la CIA.

¡Qué tal que los colombianos tuviéramos los mismos criterios morales de los norteamericanos! Por ejemplo, el general Tomás Cipriano de Mosquera fue varias veces presidente y en más de una ocasión se vio envuelto en aventuras amorosas. Durante la presidencia de su yerno, el general Pedro Alcántara Herrán, Mosquera tuvo en Cartagena una aventura por varios años, desde finales de 1841, con una hermosa mulata antioqueña, Susana Llamas. Para separarlos, porque ya los comentarios del adulterio llegaban a la capital, Herrán lo nombró comandante del Ejército en Panamá. El decreto correspondiente estuvo acompañado de una carta en la que su pariente le aconsejaba: “No malgastes tu salud ni prodigues tu fortuna con las hijas de Eva, por lindas que sean”.

Pero el general Mosquera pensaba otra cosa. A su amigo y confidente Ramón Ospina le escribió desde Barranquilla, en noviembre de 1849, con esta confesión: “Juro a usted que (Susana) ha sido y es la única pasión que he tenido en mi vida. Yo conozco ahora que jamás había amado a una mujer. Si ella me llegara a ser infiel no sé lo que haría. ¿Qué dice usted de un amor semejante a los 51 años? Estoy más enamorado ahora que un cadete a los 18”.

Y según la historia, la Llamas no sólo tenía fuego en el apellido, sino en el cuerpo. El mismo destinatario le comentó al general que “no hay en Medellín negro artesano ni comerciante que no haya conseguido favores de la incauta Susana, así como no hubo ni soldado ni oficial del Batallón número 2 que no pasara revista sobre ella”.

Pero el general estaba en su laberinto, envuelto en Llamas. Por menos cayó el general Petraeus en Washington. Y en Colombia faltan datos de otros municipios.

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