Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

Frente al fallo de La Corte Internacional de La Haya hay que aplicar el viejo principio español: “Se obedece pero no se cumple”, exactamente lo contrario de lo que escribió Jorge Orlando Melo en El Tiempo.

Esa aparente contradicción semántica se consagró en las leyes de Indias permitiendo a los funcionarios abstenerse de ejecutar aquellas leyes “de cuyo cumplimiento se siga daño o escándalo irreparable”.

Antiguamente, obedecer significaba la actitud de una persona que escucha a otra, actitud de atención y respeto, pero nada más que una actitud. El Diccionario de Constitución y Régimen de la Lengua Castellana de Cuervo, cuando define obediencia, habla de sumisión y acatamiento. Luego entonces no había contradicción en la frase, como hoy puede parecer. “Se obedece pero no se cumple” quería decir que el funcionario o la persona se daba por enterado, pero la orden podía no cumplirla. Mejor dicho, se hacía el bobo. A eso nuestro ilustre presidente Alfonso López Michelsen lo llamaba el “control moral del derecho escrito en la época colonial”. El derecho quedaba por encima del soberano y así fue como Hernán Cortés lo puso en práctica en México para desconocer muchas resoluciones del monarca que, de aplicarse, habrían causado males irreparables.

El gobierno del presidente Santos ha querido, pues, darse por enterado frente al fallo de La Haya pero no lo cumple, es decir, hacerse el pendejo, así toque muchos cayos.

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Frente a las encuestas hay mucha tela de dónde cortar. Por ejemplo, el Centro Nacional de Consultoría hizo para el noticiero CM& una encuesta sobre la imagen de gobernadores y alcaldes en el mes de agosto. El gobernador de Caldas, Guido Echeverri, elegido hace apenas unas semanas, aparece en el puesto 13 con un 73 por ciento de aceptación, y el alcalde de Cartagena, Dionisio Vélez, también elegido recientemente, está en el cuarto lugar, con un 77 por ciento.

¿Cómo juzgar lícita y buena una gestión en tan poco tiempo, cuando aún no ha licitado?

 

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