Por: Andrés Hoyos

Maduremos

Los países inmaduros como Colombia tienen las prioridades trastrocadas.

Piénsese en la ristra de problemas gravísimos que hemos padecido en las últimas décadas: nos azotan las Farc, los paramilitares y las bacrim, nos corrompen los narcos, los paras y los políticos vinculados a ambos, nos mienten descaradamente todos los anteriores, incurrimos en políticas suicidas como la Guerra Contra las Drogas, nos acompleja una insularidad consuetudinaria y somos víctimas de un pasado gris, pero nada de eso desata el dolor colectivo ni el crujir de dientes. Profiere entonces una corte distante y fría, de ideología incierta, un fallo que por más injusto que nos parezca no afecta el día a día del país, salvedad hecha de unos isleños cuya vida estamos perfectamente capacitados para mejorar con más o menos mar territorial, y toda Colombia entra en convulsión. Yo diría que antes que escarbar en los entresijos del proceso que llevó al fallo de La Haya y que, digan lo que digan los expertos en pensar con el deseo, ya es cosa juzgada, nos conviene analizar lo que subyace a este absurdo desplazamiento de prioridades y a los ciegos deseos de venganza colectiva que nos están induciendo a cometer nuevos errores.

Es cierto que en materia de territorio teníamos heridas dormidas, como la secesión forzada de Panamá, y que, aparte de una canciller que usó un extraño adjetivo bíblico (“salomónico”), poco nos habían advertido del peligro que se avecinaba. Colombia, sin embargo, no depende de los depósitos de hidrocarburos que tal vez existan en la zona del Caribe que perdimos y que, entre otras cosas, son muy problemáticos en materia ecológica, ni mucho menos de la pesca de langostas. San Andrés podría ser un importante centro universitario, y no sobraría explorar otras opciones: el turismo de alta escala o los servicios financieros internacionales, vocación comprobada de las islas del Caribe.

Volviendo al continente, un país que no sabe graduar la importancia de los peligros que lo acechan tampoco valora sus logros y casi con seguridad va a gastar sus energías creativas en lo secundario. Ese mismo país no tendrá la personalidad suficiente como para optar por un camino propio, sino que actuará al vaivén de lo que piensen y decidan las Hayas de este mundo, acostumbradas por arrogante tradición a establecer prioridades inapelables que no se compadecen con sus supuestos “beneficiarios” a miles de kilómetros de distancia. Si los gurús del Primer Mundo tuvieran la fórmula de nuestro desarrollo, ya se sabría. No sobra recordar que en La Haya y alrededores existe una dicotomía biempensante que a veces conduce a aberraciones como Tanja Nijmeijer. Son muy abundantes los ideólogos europeos que exportan ideas con la fecha vencida y que miran al Tercer Mundo por encima del hombro. Por si acaso, el extraordinario modelo que inventaron para sí mismos pasa ahora por una profunda crisis, de la cual tendrían que ocuparse al tiempo que nos dejan un poco en paz. Soy, lo aclaro, un viejo admirador de la cultura europea, pero también leo cada barbaridad que escriben allá sobre lo que pasa a medio mundo de distancia. En apretada síntesis, país que no piense por sí mismo no llegará muy lejos.

Sí, aprovechemos el desaguisado del fallo de La Haya no para perseverar en el error y en el pensamiento dependiente, tampoco para maquinar venganzas que a nadie le sirven, sino para madurar.

 

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