Por: Julio César Londoño

Malas notas

La pisa en una prueba que evalúa cada tres años a jóvenes de 15 años en 64 países del mundo en lenguaje y matemáticas. En 2009 Colombia ocupó el puesto 53 en lenguaje y el 59 en matemáticas. En lectura, el 47% de nuestros jóvenes quedó por debajo del nivel mínimo.

En suma, somos los últimos entre los mejores si nos medimos con estándares internacionales.

Los resultados nacionales también son malos. Las Pruebas Saber del 2009 arrojaron que 60% de los jóvenes de grado 11 no alcanzan ni siquiera un nivel aceptable en escritura y que el 23% tiene problemas graves con el lenguaje. Sólo el 9% de los estudiantes de 5º y el 4% de los de 9º están en el nivel avanzado (increíble: a más escolaridad, ¡peores resultados!).

Es por esto que Mineducación prefiere hablar de cobertura, un índice en alza en los últimos años gracias al programa de concesiones, que es una buena idea, pero también gracias a trucos tan perversos como el de hacinar 40 estudiantes por aula en las ciudades, y en el campo, poner a todos los niños, de 1º a 5º, en un mismo salón y con un solo profesor (este “cabezazo” se llama escuela nueva).

A pesar de que llevamos muchos años haciendo campañas de promoción de lectura y escritura, los expertos repiten en los foros hace decenios la misma cifra: los colombianos leen 1,6 libros al año. ¿De dónde salió esta cifra? ¿Por qué no sube ni baja aunque sea una décima por lustro? Quizá es un dato inventado por un expositor elocuente y repetido con fe, per sécula seculórum, como un mantra numérico.

La razón de los bajos índices de lectura es simple: la gente no lee porque los libros son escasos, y son escasos porque son caros, y son caros porque a las editoriales, como a los restaurantes exclusivos, el pueblo les hiede. En el 47% de los hogares colombianos hay menos de cinco libros y en el 22% hay cero libros.

El ministerio, la OEI, el Cerlalc y un enorme grupo de empresarios, bancos y fundaciones han emprendido una gran cruzada por la educación. En sus foros han llegado a conclusiones lúcidas: “Una educación de calidad es la que forma mejores seres humanos, personas que respeten las diferentes culturas, credos, ideas, opiniones y tendencias sexuales”. Muy bien dicho. Por eso es que los profesores repiten hoy en sus clases: estudien, jóvenes, para que no sean en el mañana como Gerlein, Ordóñez o Galat.

Lo malo es que los empresarios no son generosos. En dos años, este enorme pool de entidades sólo ha invertido en educación $110.000 millones, una suma francamente estítica. Eran mucho más espléndidos cuando financiaban a las Auc. La ministra debería decirles en voz baja, cuando pase el mate, que el recaudo no será para libros ni computadores sino para financiar la “Operación Requetefinal”. O para refundar el país.

El día que seamos capaces de imaginar y financiar un Plan Colombia por la Educación, y sólo ese día, empezaremos a reescribir nuestra historia. Por desgracia, no será en esta administración. La ministra ya demostró con creces su incapacidad, y el desinterés del presidente en el tema es evidente.

El diseño del plan requiere personas con la sensibilidad de Lucho Garzón, la imaginación de Mockus, la voluntad de Petro y Fajardo, la generosidad de Alonso Salazar, el entusiasmo y la agudeza de Rodolfo Llinás, la capacidad de seducción de William Ospina y el talento y la experiencia de Rodrigo Guerrero, de José Fernando Isaza.

Es necesario rescatar también un concepto clave, la vocación, y repensarlo todo dentro de un nuevo marco económico, porque el neoliberalismo, que fracasó en su especialidad, el mercado, no triunfará en algo que le resulta tan jarto y ajeno como la educación.

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