Por: Salomón Kalmanovitz

Lo malo de la reforma tributaria

El texto de la propuesta del Gobierno cuenta con 122 páginas, introduce dos nuevas categorías de impuesto mínimo a la renta y nuevos impuestos a las ventas, lo que lo torna complejo; por lo tanto, facilita la elusión por parte de los contribuyentes que pueden pagar a los tributaristas.

Las deducciones son generosas para las personas naturales más ricas: los intereses financieros pagados, costos de nómina (incluyendo a los trabajadores domésticos), gastos de vehículo y de representación (restaurantes) y 25% de los activos fijos por cuatro años; más importante, los dividendos constituyen rentas exentas y bajan la factura de sus contribuciones al fisco.

El dejar en cabeza de las empresas el impuesto a la renta y exonerar a sus dueños tiene efectos nocivos sobre la distribución del ingreso: deja de tributar el 1% más rico de la población, se debilita al Estado y hay menos recursos para el gasto social. Se afecta negativamente el crecimiento económico, pues induce a las firmas a repartir utilidades y a no reinvertirlas. Por eso en los países civilizados se grava más a los dueños que a las empresas mismas, induciendo a que reinviertan las utilidades y no se gasten en consumos suntuarios o que los dueños exporten su capital.

Desafortunadamente, en Estados Unidos, que contaba con un estatuto tributario progresista, los recortes de Bush redujeron el impuesto a los dividendos de un máximos de 45% a sólo 15%. El asesor económico del candidato republicano Mitt Romney, Glenn Hubbard, retratado en el documental Inside Job como un economista mercenario, propone eliminarlo completamente, para llevar el déficit fiscal norteamericano a nuevas alturas.

Otro aspecto negativo de la reforma tributaria es reducir los impuestos a las inversiones extranjeras de portafolio, que bajan del 33% al 12,5%. Se trata de aliviar a especuladores financieros que invierten en títulos del gobierno, deuda corporativa y acciones y que producen una gran volatilidad sobre la balanza de pagos del país: en épocas de bonanza llegan capitales golondrinas, aumentando las presiones revaluatorias sobre el peso, pero cuando todo va mal salen en estampida, contribuyendo a devaluaciones calamitosas.

Hasta el Fondo Monetario Internacional considera que es necesario regular estos flujos de capital que además causan alzas y bajas excesivas en los mercados accionarios y de renta fija, porque alejan los precios de los títulos de sus fundamentos económicos. Las crisis financieras en Estados Unidos y en Europa fueron causadas precisamente por este tipo de movimientos de capital especulativo que generaron primero burbujas en los mercados hipotecarios y de deuda soberana, para después tornarse en crisis económicas generalizadas. No tiene presentación, y va de nuevo contra la equidad, que un inversionista cualquiera pague menos proporción de sus ingresos que un asalariado de clase media.

Lo último malo de la reforma es que deja intocados a los monstruos en que se han convertido las cajas de compensación, que reciben el 4% de la nómina de las empresas afiliadas, equivalente a $4 billones al año. Varios observadores aducen con razón que las cajas se pueden defender solo con sus ingresos (como EPS, proveedoras de educación y otros servicios, hoteles, comercios y vivienda), sin requerir de este pesado tributo que aumenta la informalidad. Y me pregunto: ¿sí pagan impuestos?

 

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