Por: Álvaro Forero Tascón

Manos limpias, no lavadas

Existe el riesgo de que al tema de defensa de la democracia le suceda lo mismo que a la lucha contra la corrupción: que busquen manipularlo quienes no tienen suficiente autoridad moral sino intereses electorales.

La acusación de que el Estado de derecho está en riesgo, que viene agitando contra el proceso de paz la oposición, es de tanta importancia que debe discutirse sin manipulaciones. Porque en el mundo de la posverdad populista los pájaros están disparándole a las escopetas: Donald Trump combate a los medios de comunicación, a los tribunales de justicia, a la comunidad de inteligencia, por supuestamente estar poniendo en peligro la democracia, cuando solo hacen contrapeso a sus abusos autoritarios.

La tesis jurídica de la oposición conservadora es que la aprobación de los acuerdos de paz viola la Constitución. Tienen derecho a tramitarla por vías institucionales, demandando las leyes ante la Corte Constitucional como han venido haciendo. No tienen derecho es a usar los mecanismos legales, pero cuando éstos no les dan la razón, recurrir a descalificarlos, a “defender la democracia” desprestigiándola y desacatándola. Que la Corte Constitucional no da garantías es un argumento subversivo, al que hasta las Farc ha renunciado, que no tiene sustento porque fue la Corte la que detuvo la mayor amenaza autoritaria que ha tenido la democracia colombiana en 60 años: la segunda reelección presidencial, que habría desembocado en indefinida, tramitada violando la ley, bajo la tesis antidemocrática de que en Colombia el Estado de derecho estaba pasando a un estadio superior, el Estado de opinión, que no es otra cosa que populismo autoritario. Este proceso de paz ha sido el más concertado, regulado por la ley y vigilado constitucionalmente. Lo autoritario sería lo contrario, como sucedió en los procesos de paz anteriores. No habría sido necesario blindar los Acuerdos 12 años si no hubieran amenazado con incumplirlos.

En el fondo es una discusión filosófica. Los amigos de que las constituciones sean pétreas citan la Constitución estadounidense, sin mucha razón porque las enmiendas de ésta tienen muchas más páginas que el articulado original. Pero en Colombia esa es una discusión bizantina. Ninguna constitución colombiana ha tenido pocas reformas. Qué habría sido del país sin las magníficas reformas de 1936 y 1968, y de la nueva de 1991. En el mundo hay dos tendencias, y la que defiende las constituciones pétreas en contra de las que evolucionan con sus sociedades, es la bandera de los sectores ultraconservadores que buscan que el constitucionalismo no avance para cubrir sectores sociales vulnerables, como la comunidad LGTB. Es cierto que algunas reformas son peligrosas, como la reelección presidencial de 2006 que rompió el equilibrio de la arquitectura constitucional, pero que fue posible echar atrás con otra reforma.

La tesis política de que las Farc ponen más en riesgo la democracia estando sometidas a ella que combatiéndola, es parte del trauma anticomunista desde Gaitán, que permitió clientelizar el sistema político al extremo. Bill Gates, ningún castrochavista, sostiene que uno de sus líderes más admirados es Adolfo Suárez por haber convencido a la sociedad española de dejar entrar al Partido Comunista a la democracia después de 40 años.

Buscar columnista