Por: Mauricio Rubio

Mao, viejo verde

Hasta sus últimos años, el gran timonel mantuvo intacto un apetito sexual insaciable que mitigaba con un flujo continuo y renovado de jóvenes.

El escenario lo describe Li Zhisui, su médico personal por más de dos décadas, a quein muchas de esas jóvenes siempre disponibles, orgullosas de la situación, le contaban sus experiencias. Ser amante de Mao era “un honor incomparable, por encima de sus sueños más extravagantes. Cualquiera que trabajara para Mao era cuidadosamente escogido, sobre todo las mujeres jóvenes. La selección garantizaba que tuvieran temor reverencial, admiración y asombro. Todas eran hijas de campesinos empobrecidos, de familias que le debían la vida al Partido Comunista y para quienes Mao era un mesías y salvador… La mayoría eran niñas inocentes cuando lo conocieron”.

Una de sus conquistas, Liu, mendigaba en la calle a los ocho años, cuando la salvó el Partido. Otra, huérfana de una pareja de mártires de la revolución, no terminó escuela primaria sino que fue entrenada para ser bailarina del grupo cultural de los ferrocarriles. “Nunca quisieron a Mao en el sentido convencional. Lo amaban como su gran lider, su maestro y salvador y sabían que su relación era temporal. Todas eran muy jóvenes cuando empezaron a servir a Mao y por lo general solteras. Cuando Mao se cansaba de ellas y se acababa el honor, se casaban con jóvenes de origen campesino y escasa educación”.

Hasta casi los setenta años, al líder le gustaban las faenas con varias jóvenes simultáneamente. Ellas mismas le presentaban participantes para las orgías. Antes de iniciarlas, él les pedía leer un manual, el Clásico de los Modales Secretos de la Niña Simple. Una de ellas trajo varias familiares. Con otra, y su hermana casada, Mao no tuvo reparo en hacer trío, durante tres días. Mientras duraba la relación, debían ser fieles y solicitarle permiso para contraer matrimonio, algo que sólo obtenían cuando él perdía interés en ellas.

Los escenarios para los encuentros no eran modestos. En su residencia tenía una piscina cubierta, un lujo para la China de los años cincuenta. El Salón 118, en la Gran Residencia del Pueblo era, según Li, “la suite más opulenta que yo haya visto, con muebles y candeleros superiores a los de los palacios del Kremlin … (En Shangai) en el elegante hotel Jinjiang, en el barrio francés, Mao siempre ocupaba uno de los pisos altos. El hotel entero quedaba para uso exclusivo de él y su grupo de jóvenes”. El líder revolucionario tenía conductas y actitudes que recuerdan a los antiguos señores de la China imperial, con menos sofisticación: causaba desconcierto el desprecio por sus amantes. Cuando el doctor Li le sugirió que tratara de curarse una infección venérea que, sin afectarlo, contagiaba a sus parejas, o que por lo menos mejorara sus hábitos de aseo, Mao anotó tranquilo que “si a mí no me hace daño entonces no importa … Yo me lavo dentro del cuerpo de mis mujeres”.

Otra biografía lo presenta como particularmente egocéntrico, con abierto desprecio por los demás, habilidad para explotar a otros, capacidad de intriga y falta de piedad. Hay acuerdo en el descuido que mostró por sus esposas e hijos; y en la apreciación de sus verdaderos intereses: buena comida, lectura y una oferta permanentemente renovada de mujeres jóvenes.

También se ha señalado que el líder, más que mujeriego, fue pragmático y ecléctico en asuntos de pareja.  De jóvenes, los comunistas se refugiaban en la montaña, en la pequeña ciudad de Yenan, y por cada mujer había ocho o nueve hombres. Se estableció el principio del sexo como un vaso de agua. El matrimonio y el amor eran rezagos pequeño burgueses. El sexo, por el contrario, sí era una necesidad real, como la comida o la bebida. La exclusividad en las relaciones de pareja hubiera llevado a relaciones conflictivas entre los camaradas. Así, cada quien debía poder hacer el amor con quien quisiera, como tomándose un vaso de agua para aplacar la sed, sin compromisos ni ataduras y, por el desequilibrio, rotando a las mujeres. Cuando llegaron a Yenan estudiantes atraídas por los rebeldes, se consolidó otro arreglo: “primero los jefes”. Los líderes fueron ampliando el número de esposas: la de las montañas, la de la zona ocupada, la de la zona liberada…

Cualquier parecido con lo que sucedió en las Farc no es mera coincidencia, así es la vida sexual en la guerrilla. Nadie le seguirá la pista a los comandantes reinsertados, entre quienes debe haber viejos verdes que en el monte, como Mao, se rodearon de jovencitas campesinas, las sedujeron, rotaron, adoctrinaron y comprometieron con una causa colectiva superior a la que ellas seguirán entregadas; ellos no renunciarán fácilmente a ciertas prerrogativas. Así es la paz.

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