Por: Jorge Leiva

"Marihuana"

SOY UN AMANTE DE LA LIBERTAD Y considero que juzgar a las personas por sus preferencias individuales está mal.

Por eso respeto totalmente a quienes disfrutan la marihuana y también a quienes no les gusta. Yo estoy entre estos últimos. Ni los versos de Bob Marley, ni mi amor por las letras, ni los años de invierno en culturas menos mojigatas que la nuestra han logrado que me atraiga, ni siquiera un poquito.

Su olor me marea y me cuesta quitármelo de encima. Se me queda en la mente, como el recuerdo de un mal amor. Cuando alguien suelta al viento una bocanada de humo viscoso, de humo baretero, me siento aliviado de que ese olor no sea parte de mi ropa, de mis manos, de mi vida.

Su sabor me parece demasiado dulce y pastoso. Como el de un vino espumoso y espeso de mala calidad mezclado con leche. No surte el efecto del tabaco fuerte que seduce el paladar y consiente la lengua como a una mujer antes de dormir. Tampoco se acerca al sabor del whisky que, con el segundo sorbo, enamora la boca. Y menos al del sexo que siempre saca una sonrisa y evoca la faena dejada atrás. El sabor de la marihuana es para mí un intruso, un extraño que me produce desconfianza y me genera rechazo.

Su efecto me deprime. Además, creo que dura demasiado. El alma me falla y me siento subiendo una montaña de espalda. Me produce un hormigueo en el cuerpo que encuentro mentiroso. La piel deja de ser propia y se convierte en algo prestado… en un vestido viejo, en un abrigo sucio. Llegan malos recuerdos de todos lados directo al corazón. Me atacan mis errores, mis accidentes, mis fracasos. Siento ganas de escaparme lejos de mí mismo y no puedo.

Al día siguiente, cuando se supone que una noche de sueño ha hecho el milagro del olvido, sigo sufriendo sus consecuencias. Me siento triste, abandonado, sedentario. Pierdo la memoria y la gracia para disfrutar de las cosas simples. Se me juntan ese olor y ese sabor en una mezcla permanente de melancolía y cansancio que me acompaña todo el día. Me cuesta concentrarme. Es algo que me molesta, precisamente, porque me quita libertad.

Hace años rompí el mito y lo cuento ya, antes de que la vida me vuelva candidato presidencial y California convierta el tabú en un negocio lícito. Creo que fue en un colegio gringo de curas que debían enseñarme disciplina. Desde entonces prefiero el whisky con hielo, sin agua o puro.

Para mí, “marihuana” es una palabra más que escandaliza a quienes aún viven en un siglo anterior. También el símbolo de una deuda pendiente de la humanidad con la libertad. Una deuda que California, por lo visto, se dispone a saldar. Aunque... eso sí, es posible que yo siga usando la hierba. No fumándomela, sino en un ritual mágico en el que me inició Jame Garzón. Una tarde, café en mano, después de analizar la política le pregunté por el secreto de su éxito con las mujeres. Me miró, sonrió dejando ver sus dientes desordenados y me dijo: “Es fácil, Leyva... Usted las mira a los ojos, deja pasar unos segundos y luego les dice: ‘Quisiera ser… la bareta que te hace toser’”. Gracias Jaime, donde quiera que estés. Ya veremos con qué sale California.

@JorgeLeyva

 

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